Con la memoria en la nariz -cuento-

Después de lo de Rocío (*), la gente del Municipio nos llevó a las cuatro. Me acuerdo poco y nada de ese día. Por momentos, se me vienen imágenes como salidas de fotos, de esas fotos viejas que ya ni color tienen, y veo a un viejo paralizado y a dos mujeres que lloran, forcejean, putean y vuelven a llorar. Una, la más alta creo, era mi mamá. No esta que tengo ahora, la otra, la que me tuvo en la panza.

La última vez que vi ese lugar, lo hice desde la ventana trasera de un móvil policial, arrodillada en el asiento  y prendida como una garrapata a la bebé -Carla, Clara o algo así-, que no paraba de llorar y se retorcía en la falda de una mujer tan gorda y corpulenta que nos sostenía a las cuatro como fusionadas, formando un solo cuerpo deforme con varias patas y muchos brazos que desprendían mocos, babas y una especie de olor que aún hoy, de vez en cuando, se me aparece. Nunca volví. De chica imaginaba que la isla en la que viví esos años no solo era siniestra, sino que estaba muy lejos, tanto como las que se ven en los mapas que te hacen llevar a la escuela primaria para colorear. Tan lejos la pensé, que se volvió cada vez más extraña y de tan extraña, más ajena. Solo el olor me hace pensar en ella, o en ellas, o en él o en Rocío, que se hundió en el canal que dividía nuestra isla de la de enfrente.

Por un par de días o quizá meses, no estoy segura, estuvimos las cuatro en un caserón de La Plata, grande, verde y casi tan húmedo como la isla. Camas nuevas, ropa nueva, pero el olor era el mismo, esa mezcla húmeda que molesta, esa humedad que se te pega a los pulmones como se te adhiere a las manos el barro del rio que mezcla tierra con agua y pez. Cada tanto, alguien del lugar o del Juzgado nos juntaba a las cuatro y nos hacía preguntas que casi siempre respondía yo, supongo que por ser mayor que mis tres primas. Nunca entendí bien qué querían o buscaban saber o qué importancia tendría averiguar de qué equipo era o si me gustaban más los caramelos de frutilla, que los de limón. Yo  solo quería hablar de los olores de la isla y de eso no se hablaba.

Las chicas se fueron pronto del caserón. La última vez que las vi, a la que sostenía la gorda grandota era a mí, que no paraba de forcejear y llorar como una marrana mientras ellas tres salían de la casona con su nueva familia, junto a un tipo del Juzgado que ya había venido un par de veces.

Marrana… qué extraña es esa palabra. Cada vez que alguien del caserón me decía así, me imaginaba una especie de bicho raro de la isla, de trompa enorme, que chorreaba mocos y olía a la sal que le surcaba los cachetes colorados de tanto marranear. Viví ahí un tiempo más, hasta que el tipo del Juzgado me presentó a Ale. Cuando unos meses después egresé y me vine acá, a esta que ahora es mi casa, Ale…mamá, me mostró qué era una marrana y durante meses me contó cuentos de marranas que nunca lloran y se pasan el día jugando con otros animales de la granja, que nunca huelen mal porque siempre tienen alguien que los bañe, los seque y les quite de encima ese olor rancio, mezcla de agua vieja y pastosa que se impregna en los que andan por allí sin nadie que los ayude a bañar.

Con los años, fui incorporando otros olores, los  que me enseñó Ale, los que están en casa y tiene esta familia, mi familia, y de alguna manera, muy de a poquito, se fueron mezclando con los de la isla. La mayoría del tiempo la isla huele a limpio, como ese aroma que tiene la ropa lavada a mano con jabón blanco y secada al sol sobre alambres que tiñen de óxido; otras, se siente dulce como el perfume de las uvas de parra, que en pleno octubre bajaba el tano viejo y loco al que llamábamos abuelo,  pero a veces… solo a veces, las uvas dejan de ser dulces y se vuelven rancias como las del fondo de los toneles de Berta y se entremezclan con el agua del río, ese mismo río que se tragó a Rocío antes de que los del Municipio nos sacaran de la isla, ese mismo río que llevo metido en la memoria que guardo en la nariz.

Claudia

(*) “Rocío en el agua”