Abrazar (a todo) el niño/a -2° parte-

Leer Abrazar (a todo) el niño/a -1° parte-

Y hasta aquí quería llegar. A la aportación de Silberg (cuyo libro “El niño superviviente” deberían de leerlo todos los profesionales de salud mental que trabajan con niños y jóvenes), la cual me parece súper importante cuando dice: “La mayoría de los niños y adolescentes que tienen partes del yo enfadadas que activan guiones mentales afectivos disociativos en la familia inicialmente creen literalmente que la parte enfadada del yo no es hijo de esos cuidadores […] incluso en niños no adoptados, es decir, que habían vivido con los padres biológicos desde que nacieron, si experimentaban un trauma interpersonal temprano importante, solían retener una parte disociativa de su identidad que no se sentía vinculada con el padre o con la madre.” De esto me di cuenta yo también. Y antes que Silberg, profesionales como Winnicott ya lo preconizaron cuando decían que había que poder contener el odio de los niños adoptados o acogidos más que darles amor. Escribí un post en Buenos tratos sobre ello. 

 ❞ Se trata, claro está, de un estado disociado que no siente ningún sentimiento de cercanía por el padre o por la madre. Se observa cuando se les pregunta a los niños por algo que han hecho a sus padres, muy grave, y ni contestan o dicen que les da igual…O no lo recuerdan.

¿Qué podemos hacer? Realmente ser padres terapéuticos es muy difícil, muy complicado. Creo que estos tienen que estar muy bien cuidados y atendidos por los servicios profesionales de la administración pública, y cuando no hay estos servicios, por profesionales privados que estén formados (y sanados ellos también en su apego) y tengan experiencia en apego, trauma y disociación. Y el trabajo se debe de dirigir al niño y a la familia (a veces más a la familia que al niño, que es a quien debemos sostener y cuidar. Pues si falla la actitud terapéutica en la familia acogedora o adoptiva, ya no hay terapia profesional que funcione. Es así, aunque a los psicólogos no nos guste oírlo), pues es esta relación la que se constituye como objeto de la intervención y el “tercer paciente”) a sanar (Di Bártolo, 2016)

Aunque sea muy complicado, teniendo que sentirse y estar muy bien apoyado, sabemos que puede, a largo plazo, sobre todo si trabajamos desde que son pequeños, dar resultado. Hay que convencerse primero, porque no nos han enseñado a querer y aceptar a un niño cuando menos lo merece, cuando sus actos nos dicen lo contrario. Somos de la generación del “quien bien te quiere te hará llorar” O “No te doy el beso de buenas noches por haber sido malo hoy” Fijaos cuánto hemos de reflexionar y cuestionar los modelos de crianza en los que nos hemos educado, modelos, no lo olvidemos, que se repiten de manera inconsciente y procedimental.

Nos han enseñado que, en esos momentos de desafío, cuando nos hacen barbaridades, hay que ser duros, contundentes con ellos. Pues no es así. Firmeza emocional se necesita, para mantener unas consecuencias a sus actos, también. Pero hay que tener una actitud de aceptación hacia ese otro niño rabioso que está dentro y que se empeña en que no le queramos porque lo que nos hace nos duele y pone cada vez más distancia, cada vez más larga, entre él y nosotros los padres. Entonces ya ha conseguido, esa parte rabiosa, confirmar que estos padres son como los demás, abandonarán tarde o temprano.

Tenemos que desaprender lo anterior y ser capaces de entender en todo momento que, aunque nos hagan barbaridades, no se dirigen realmente hacia nosotros, evitar tomarlo como algo personal. Es producto de su trauma temprano y del daño que le hicieron los primeros padres o adultos responsables de su cuidado. Difícil también, pero para eso está la terapia, para que trabajemos que nos duele que nuestro hijo nos rechace y haga daño. Para que trabajemos nuestra propia infancia. Da igual haber leído mucho y estar formado, hay que hacer trabajo personal.

Cuando podemos situarnos a este nivel, comprendemos y nos sentimos fuertes y apoyados, entonces podemos entender esto que nos recomienda hacer Silberg (2019) (y con lo que termino el post de hoy):

“Así empieza un círculo vicioso en el que la ira y la negatividad del niño y de los padres se refuerzan mutuamente. Cuando el niño está en un estado de ánimo positivo y disfruta de una atención positiva de los padres, estos tienen poca conciencia de que estas interacciones positivas no están siendo codificadas, ni almacenadas, ni recordadas en toda la mente del niño [recordemos que el niño disociado está fragmentado], sino que solo son recordadas selectivamente por la parte “de apego” del niño. Mientras tanto, el estado de niño enfadado se va desconectando y enfadando cada vez más cuando percibe pocas posibilidades de acceder al amor y al afecto que se reparte cuando está tranquilo” (p. 288).

“Desde el principio de la terapia intento que los padres comuniquen mensajes de apego a todo el yo del niño. Esas comunicaciones, que a veces preparo de antemano o que indico a los padres que digan en mi presencia al niño, pueden ser del tipo: Ya sabes que te quiero en tu totalidad. Quiero a tu parte divertida, quiero a tu parte boba, quiero a tu parte bebé, e incluso quiero a la parte que rompió mi reproductor de CD. También quiero a las voces de tu mente que a veces dicen cosas malas. Todo esto forma parte de ti y yo te quiero a ti. Incluso quiero a tu parte enfadada que ha destrozado cosas en casa. Ven aquí, quiero abrazarte entero. ¿Ha llegado mi abrazo a todas las partes de tu ser? Quiero estar seguro de que hasta el bebé que eras cuando ni siquiera te conocía, el de antes de la adopción, siente también el abrazo. […] Estas interacciones en las que el padre o la madre abraza y dirige su amor al niño en su totalidad resultan profundamente aliviadoras para el pequeño” (p. 288)

“Sin embargo, este ejercicio puede parecer contraproducente para algunos padres que temen estar aceptando las malas conductas. En ese caso, y para animarles que realicen el ejercicio, les pido que imaginen que la parte enfadad del yo es como un niño de dos años enfadado que no deja de gritar: “te odio, te odio” ¿Acaso le responderían a ese niño de dos años “yo también te odio? ¿O le levantarían en brazos e intentarían disipar la rabia con amor? También les explico que esas partes disociadas del yo están atascadas en el tiempo en esos primeros años y necesitan el tipo de amor que unos padres darían a un niño de dos años. […] De hecho, este ejercicio por sí solo puede tener efectos en la modulación de la intensidad de las reacciones de rabia de los niños” (p. 289)

Que sea un abrazo muy profundo y llegue a todas las partes de su ser.

REFERENCIAS

Benito (comunicación personal en el contexto del Diploma de postgrado en Traumaterapia de Barudy y Dantagnan en San Sebastián, 29 de noviembre de 2019).

Di Bártolo (2016). El apego. Cómo nuestros vínculos nos hacen quienes somos. Clínica, investigación y teoría.  Buenos Aires: Lugar.

González, A. (2017). No soy yo. Entendiendo el trauma complejo, el apego, y la disociación: una guía para pacientes. A Coruña.

Gómez, A.M. (2013). EMDR and adjunct approaches with children. Complex trauma, attachment and dissociation. New York: Springer Publishing Company.

Hughes, D. (2109). Construir los vínculos de apego. Cómo despertar el amor en niños profundamente traumatizados. Barcelona: Eleftheria.

Liotti, G. (2012). Trauma, apegos y EMDR. Powerpoint presentado en la Conferencia EMDR. Documento no publicado. Madrid, 2012.

Silberg, J. (2019). El niño superviviente. Curar el trauma del desarrollo y la disociación. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Fuente: http://www.buenostratos.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escribe un comentario