Adopción: más de 400 chicos y chicas cuentan los días para encontrar una familia

María Ayuso
11 de febrero de 2020  • 20:51

Una adolescente de 16 años de Corrientes, cariñosa y alegre, a la que le encanta dibujar y cantar. Está en segundo año del secundario y aprendiendo a cocinar.

Cuatro hermanos de 14, 11, 8 y 6 años. Las tres mayores, mujeres; el más chiquito, varón. Disfrutan mucho los deportes, jugar al aire libre y pintar. Les encantaría conocer el cine, tener muchos amigos y que les lean cuentos antes de dormir. Viven en Misiones y sueñan con ser adoptados juntos.

Un chico muy sociable, fanático del fútbol, de la natación y de pasear. Vive en la ciudad de Buenos Aires, tiene 7 años y, si bien presenta un retraso en la adquisición del lenguaje, se supera día a día y busca apoyos para continuar aprendiendo.

Todas estas historias tienen algo en común: son niños, niñas y adolescentes que, alojados en hogares, cuentan los días a la espera de una familia que les brinde cuidados, amor, seguridad y la posibilidad de desarrollarse plenamente. Sus casos, como muchos otros, se difunden a través de convocatorias públicas, llamados abiertos a toda la comunidad que se proponen encontrar una familia para los chicos y las chicas a los que más cuesta hallarles una.

Para los jueces, son el último recurso, aquel al que se vuelcan cuando agotaron todas las instancias de búsqueda dentro de la red de registros de postulantes a guarda adoptiva. Actualmente, hay casi 300 convocatorias abiertas en todo el país, que incluyen a unos 407 niños, niñas y adolescentes.

Los que esperan no son bebés recién nacidos o de menos de dos años, sin ningún problema de salud, sin hermanitos o «un pasado a cuestas», como buscan la inmensa mayoría de quienes se inscriben para ser padres adoptivos. Son preadolescentes, adolescentes y grupos de hermanos que no quieren separarse, pero también niños y jóvenes con discapacidad o problemas de salud más o menos complejos. Todos necesitan, con urgencia, que se garantice su derecho a crecer en una familia: son más 400 los que están listos para ser adoptados.

En la página de la Dirección Nacional del Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (Dnrua), que agrupa a todas las convocatorias públicas del país -excepto las de las provincia de Buenos Aires, que cuentan con su propia web -, actualmente hay 129 pedidos abiertos. De ellos, 30 son de grupos de hermanos e incluyen a 197 niños, niñas y adolescentes.

Por otro lado, en la web del Poder Judicial de la provincia de Buenos Aires, que incorpora la información del Registro Central de Aspirantes a Guardas con Fines de Adopción de esa jurisdicción, hay unas 163 en curso. Las mismas contemplan a 25 grupos de hermanos y 210 chicos y chicas. Además, hay cinco pedidos para tutores y referentes afectivos.

A contracorriente de los mitos que se fueron instalando con fuerza en la sociedad -como que «en la Argentina no hay chicos para adoptar» o «la burocracia es enorme»- , detrás de las cifras de las convocatorias están las historias de dolor, desencuentros y derechos vulnerados.

Fabiana Isa, psicóloga y coordinadora general del programa de extensión Atención de Niños Privados del Cuidado Parental de la Facultad de Psicología de la UBA, subraya que la adopción nada tiene que ver con la imposibilidad de concebir. Para ella, ese es el principal malentendido. «Actualmente, el foco está puesto aún en el deseo de los adultos de tener hijos y no en el derecho de los chicos de tener una familia. Por eso, es clave concientizar acerca de qué es la adopción: una institución que nació para garantizarles a los niños y adolescentes ese derecho fundamental», sostiene.

Es clave concientizar acerca de qué es la adopción: una institución que nació para garantizarles a los chicos el derecho fundamental de tener una familia

Fabiana Isa, psicóloga especialista en adopción

En este sentido, María Teresa Veltri, defensora de menores e incapaces del Ministerio Público de la Defensa, señala: «Hay muchas personas que creen que en la Argentina no se puede adoptar. Ese es uno de los mitos vinculados a la adopción. Ante la imposibilidad de conseguir legajos en los registros, ¿qué mejor que una convocatoria?».

Ampliar la búsqueda

Cuando un juez dicta la situación de adoptabilidad de un niño, niña o un grupo de hermanos, la búsqueda comienza en el registro de postulantes de la jurisdicción a la que pertenecen los chicos. En caso de que no se encuentre ningún legajo adecuado entre los inscriptos, se amplía a las regiones cercanas y finalmente a todo el país.

Si no se tiene éxito tras una búsqueda exhaustiva entre la red de registros, se abren las convocatorias, una herramienta que empezó a utilizarse en los últimos diez años y a las que pueden presentarse tanto quienes están inscriptos para adoptar como cualquier otra persona que considere que está en condiciones de hacerlo. En todos los casos, los postulantes deberán atravesar un riguroso proceso de selección, con entrevistas y evaluaciones.

Isa considera que las convocatorias son un gran medio para darles respuesta a los chicos que esperan. «Son un recurso más, pero para mí es espectacular, porque no podemos decirles a los chicos ‘no encontramos una familia para vos en los registros’ o ‘te conseguí una familia, pero tenés que perder a algunos hermanitos en el camino’. Hoy el espíritu es otro«, dice. Y agrega: «Es muy efectivo porque hay muchas personas que cuando ven una situación concreta, llaman. Es clave el trabajo articulado con los medios de comunicación, preservando al niño y aprovechando ese recurso que nos permite recibir decenas de postulaciones que de otra forma jamás conseguiríamos».

Para la especialista, lo más llamativo es que en general quienes se presentan a las convocatorias ya están inscriptos para adoptar, pero están «invisibles» para el sistema, porque se anotan para otro perfil de chicos. «Sin embargo, ante el pedido concreto, se animan y acuden», detalla.

Veltri coincide con Isa en que sería importante que los jueces realicen más convocatorias siempre que no se haya encontrado familias dentro de las inscriptas en los registros: «Así lo requerí en varias oportunidades, especialmente cuando se trata de grupos de hermanos cuyo único vínculo sano es el fraterno», explica.

Una realidad que interpela

Para Karina Leguizamón, presidenta del Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes de la ciudad de Buenos Aires -del que depende el Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (Ruaga)-, las convocatorias visibilizan una realidad dura que nos interpela como sociedad.

«Son una herramienta útil, pero una evidencia de que todo lo anterior no funcionó y que hay chicos para los que cuesta encontrar adultos dispuestos a formar una familia con ellos», asegura Leguizamón.

Las convocatorias visibilizan una realidad dura que nos interpela como sociedad: que hay chicos para los que cuesta encontrar adultos dispuestos a formar una familia con ellos

Karina Leguizamón, Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes de la ciudad de Buenos Aires

En esa línea, destaca que la mayoría de las personas se inscriben para adoptar niños chiquitos, sanos y sin hermanos: «El llamado a la sociedad que plantea conocer públicamente la historia de chicos que no entran dentro de esos parámetros impacta, sensibiliza y llevó a muchas personas a reflexionar sobre el concepto de adopción y a pensarlo desde una mirada más inclusiva».

Según los últimos datos de la Dnrua, hay 3807 legajos de personas inscriptas en el país para adoptar. De ellos, 877 son de un solo solicitante y 2930 de dos (incluyen matrimonios, uniones convivenciales y parejas de hecho).

El 88,73% están dispuestas a adoptar a niños de hasta un año y el 90% de hasta dos. La contracara es que solo el 6,07% aceptaría a chicos o chicas de hasta 10 años y apenas el 0,26% de hasta 13.

Por otro lado, el 46,60% están anotados para solo un niño o niña: únicamente el 3,47% aceptarían hasta tres hermanos y el 0,18% (siete postulantes) a cuatro o más. Con respecto a las condiciones de salud de los niños, niñas y adolescentes, el 82,74% no aceptaría que tuviesen alguna discapacidad o enfermedad.

En este contexto, Laura Salvador, de la asociación civil Ser Familia por Adopción, cuenta que desde esa organización trabajan todos los días para concientizar sobre la posibilidad de ampliar la disponibilidad de quienes desean adoptar para que de esa forma sea menor la necesidad de llegar a una convocatoria pública. » Es muy duro pensar que detrás de cada convocatoria hay chicos que llegan a la última posibilidad para hallar una familia«, reflexiona Salvador.

La especialista -que además es mamá por adopción- aclara que las convocatorias no visibilizan a todos los niños y las niñas que tienen decretada su situación de adoptabilidad, sino solo a aquellos que, por tener distintas condiciones (de salud, edad, cantidad de hermanos), no se les encuentra posibles familias en el listado de postulantes. «Algunas veces una convocatoria moviliza en los postulantes la posibilidad de pensarse ampliando la disponibilidad adoptiva expresada al momento de inscribirse, y desde esa perspectiva también es una herramienta para que los adultos visibilicen posibilidades no imaginadas», describe.

Cuenta el caso de un matrimonio al que acompañan desde la asociación, que comenzó a pensar la posibilidad de que su hijo adoptivo tuviese algún tipo de discapacidad. «La mujer se informó sobre los trastornos del espectro autista, se anotaron y adoptaron. En caso contrario, ese chico hubiese ido a una convocatoria pública. Apostamos a que con un trabajo de concientización y acompañamiento la gente pueda ampliar la capacidad parental adoptiva», sostiene.

Según Salvador, si la disponibilidad es amplia, los postulantes suelen ser convocados por los juzgados en un lapso corto de tiempo: «Hace poquito, a una pareja homoparental que se anotó para ahijar a un niño de hasta 12 años, la llamaron 13 veces, de distintos juzgados, en dos semanas».

Si la disponibilidad adoptiva es amplia, te llaman rápido. A una pareja homoparental que se anotó para ahijar a un niño de hasta 12 años, la llamaron 13 veces, de distintos juzgados, en dos semanas

Laura Salvador, de la asociación civil Ser Familia por Adopción

Las convocatorias no solo se difunden en los medios de comunicación y en la página de la Dnrua, sino que suelen volverse virales en las redes sociales. Para los consultados, una de las claves del éxito está en evitar las descripciones «frías» que solían hacer algunos juzgados hasta hace no mucho tiempo y que, cada vez más, están comenzado a humanizarse.

«Nosotros tenemos nuestro protocolo: nos gusta contar una historia, la singularidad de cada chico, y eso da frutos. Ellos no lo sienten como una oferta o como una exposición, al contrario, lo que sienten es que el Estado se está ocupando, que no los olvidó. Tenemos muchas historias de chicos que leen sus propias convocatorias y hasta eligen los nombres con los que quieren aparecer, ya que no pueden ponerse los reales», detalla Isa.

Escuchar y trabajar con los chicos en esa búsqueda es clave. Ellos no lo sienten como una oferta o como una exposición, al contrario, lo que sienten es que el Estado se está ocupando

Fabiana Isa, psicóloga especialista en adopción

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Cambiar el paradigma

Federica Otero, exdirectora del Dnrua, psicóloga y especialista en adopción, explica que el motivo por el cual aún hay tantas convocatorias públicas abiertas es porque es necesario modificar el paradigma de la adopción, «para realmente promocionarla desde otro lugar y que lleguen a inscribirse personas dispuestas a adoptar niños y niñas con las necesidades que tienen los que hoy están esperando».

«Hasta hace unos años, muchas familias llegaban a la adopción como remedio a la infertilidad. Lo que tenemos que cambiar es eso. Porque la adopción es una institución que nació para restituirle al niño el derecho a tener una familia», resume Otero.

Hasta hace unos años, muchas familias llegaban a la adopción como remedio a la infertilidad. Lo que tenemos que cambiar eso.

Federica Otero, psicóloga y especialista en adopción

Una de las cuestiones fundamentales que trabaja como psicóloga con los postulantes, es que lo que se necesita para estos niños «no son deseos de parentalidad, sino de parentalidad adoptiva». El primero -señala-, es desear ser padre o madre; el otro, implica desear ser padre o madre de un niño «que ya sabemos que viene con ciertas vulneraciones, con carencias familiares, y de incorporarlos a tu vida tal cual es y con su historia preadoptiva».

«Una buena integración en la familia adoptiva tiene que ver con padres que sean capaces de percibir el sufrimiento, la herida de ese niño y recuperarlo juntos en convivencia, aceptando su vida anterior», dice Otero.

La psicóloga considera que, aunque aún queda un largo camino por recorrer, en la Argentina se avanzó mucho en la preparación de las familias: » Cada vez veo más familias que a mí me gusta llamar ‘incluyentes’, y que son aquellas que tienen las capacidades para incluir al niño o niña tal cual es. Pero necesitamos seguir trabajándolo, así también como con los niños en situación de adoptabilidad para conocer qué familia quieren, qué necesitan, trabajar sus miedos y ansiedades. ¡Si los adultos tienen miedos, imagínate los chicos! Los mitos no solo están presentes en los adultos», reflexiona.

Otero cree que, cuando las familias o una persona llegan a una convocatoria pública, lo que primero hay que transmitirles es el verdadero significado de la adopción, y tener los recursos suficientes para acompañarlas, sin soltarles la mano.

En la misma línea, Laura Rubio, creadora de Escuela de Adopción -una organización que brinda servicios gratuitos con especialistas a quienes desean constituir una familia por adopción y a la sociedad en general-, resume que es clave trabajar «en una nueva cultura de la adopción».

«Venimos con un paradigma instalado de que la adopción es para darle hijos a las personas que no pueden procrear. Si bien las leyes cambian, los procesos sociales son mucho más lentos y la gente sigue pensando en los bebés o los chicos pequeños», apunta. Y concluye: «El Estado tiene que tomarlo como política pública, poniendo todos los recursos para acompañar a los postulantes en ese proceso que les permita dar un ofrecimiento más real para los chicos que esperan y evitar llegar a la instancia de las convocatorias públicas. Estas son la punta del iceberg que nos muestra que hay niños, niñas y adolescentes a los que es muy difícil encontrarles una familia«.