Ley de adopción: cuestión de verdadero derecho

Por Cornelia Schmidt Liermann – 11/10/2018

Ante esta coyuntura y discusiones que buscan dividir, con los fanáticos y oportunistas de siempre, vale reflexionar sobre temáticas que debieran unir a todos los argentinos con la mirada puesta en el bien común.

Esta síntesis debe hacerla la política. Es su función primordial: generar consensos, dialogar y trabajar en conjunto.

Una de ellas es la ley de adopción que hoy rige en la República Argentina. Ley que, como tal, es adecuada y difícil de mejorar por alguna otra superadora, aunque sí es perfectible en su implementación. En ese sentido, solicitamos a los Ejecutivos provinciales y municipales que cumplan de forma responsable las medidas de abrigo y de contención dentro de su jurisdicción. Y al Poder Judicial, y específicamente a los Juzgados de Familia, el establecimiento de contraturnos, con la finalidad de abocarse en mayor profundidad y brindarles dedicación extra a las cuestiones relacionadas con el proceso de adopción. Contamos con jueces probos que muchas veces suplen las deficiencias de los Ejecutivos y, guiándose por el interés superior del niño, logran superar inequidades.

Sin embargo, a pesar de contar con una correcta ley y los ajustes adecuados para su excelente implementación, no dejamos de escuchar en los medios toda clase de quejas de dimensiones inauditas: procesos lentos, infinitos, plagados de una burocracia sin sentido. Personas mayores de 25 años, casados o no, en pareja o no, que reclaman su «derecho» a la adopción, aun cuando toda la normativa nacional e internacional reconoce a la adopción como un derecho de niñas, niños y adolescentes, no existiendo normativa alguna que otorgue a una persona mayor de edad el derecho a tener una/un niña/o en adopción. Es la inversa: un menor tiene derecho a una familia. Y no viceversa. Que no nos confunda la sociedad del consumismo: «Quiero un hijo y lo quiero ya». Adoptar es amar.

Vayamos a los números. Según un relevamiento del año 2014, existían en el país 9219 niños, niñas y adolescentes sin cuidados parentales. Estos 9219 se distribuían de la siguiente manera: 2200 tenían de 0 a 5 años (23,86%); 3654, de 6 a 12 años (39,64%); 3365, de 13 a 17 años (36,5%). ¿Podríamos adivinar, sin necesidad de estadística alguna, qué segmento fue adoptado y cuál no? Ese año, hubo algo así como 5500 postulantes. El 90% de ellos aceptaba niñas/os hasta 1 año; el 71% aceptaba niña/os hasta 4 años; el 15%, hasta 8 años y el 1%, hasta los 12 años.

Hoy no hay recién nacidos sanos que esperen ser adoptados. «Los ubicamos enseguida». Sí encontramos pequeños con discapacidad. O hermanos que no logran ser adoptados.

Ahora bien, son los datos estadísticos los que revelan que el espíritu de la ley no ha sido entendido en toda su dimensión: la adopción no es un proceso de adultos deseosos de constituir la familia que soñaron. Primero, porque nunca un hijo resulta ser el espejo en el que mirar nuestro narcisismo. Gracias a Dios. Segundo, porque la adopción tiene que ver con la necesidad del niño y no con la propia.

En una adopción se juegan corazones solidarios dispuestos a hacer suyas las necesidades de otro.

 

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