Mirándolos

Susana Dulcich

Estoy rodeada de familiares y amigos que tienen hijos jóvenes o adolescentes. Contínuamente surgen comentarios acerca del crecimiento de los chicos, y del parecido de éstos, con sus padres. Día a día veo cómo los hijos van pareciéndose más y más a sus padres, o a sus tíos, o a sus abuelos. Reconozco a la madre en la hija, o a la tía en la sobrina adolescente.

Sé que en las familias adoptantes, los hijos van adquiriendo poco a poco, muchas actitudes y gestos de los padres, lo que los acerca físicamente. Sin embargo, también sé, que no podré reconocerme en el rostro de mis hijos cuando crezcan, ya que cuando se acerquen a la juventud y a la adultez, sus rasgos irán pareciéndose cada vez más, a sus familiares biológicos.

A veces, mirando a mi hijo, me pregunto cómo será su rostro de joven, cómo su rostro de adulto, y todavía no puedo verlo. Es un pequeño misterio que se irá develando año tras año. Desde que dejó de ser un bebé, y se fue forjando su carita de chico, muchas veces, cuando lo miraba, tenía la sensación de poder hacerlo desde afuera, aun cuando él era al mismo tiempo, mi hijo amado.
Esto nunca me causó dolor, sino una especie de asombro, de que alguien tan entrañablemente mío, pudiera ser al mismo tiempo, alguien poco reconocible para mí. Al verlo, no me veía a mí, ni a su papá, ni a sus tíos, sino a él mismo, y me quedaba mirándolo largamente, amándolo, y empapándome de esa parte suya que no me pertenece, la que forjó sus rasgos y su estructura corporal, la que le dio algunas inclinaciones y tendencias, que se desarrollarán en mayor o menor grado, probablemente, según lo que nosotros vayamos sembrando en él… y me parecía algo maravilloso.
Tengo una sensación de maravilla ante este milagro de la vida que es mi hijo, ese desconocido. Este que miro desde lejos, y al mismo tiempo desde lo más profundo de mí. Este que amo con todo mi ser, con todas mis fuerzas, con todo lo que tengo y de la mejor forma de que soy capaz. Él es parte de mí, y al mismo tiempo, tan él…
Quizá este no reconocimiento físico nos dé a las mamás adoptivas una ventaja. Quizá las madres que se ven en sus hijos, vivan, gracias a esos rasgos reconocibles, una ilusión de pertenencia plena. En cambio, nosotras, posiblemente podamos recordar que a pesar de sentirlo en cada latido, un hijo -cualquier hijo- no nos pertenece del todo. Ya no en su carne o en su sangre, sino en algo mucho más trascendente, su ser otra persona. Amada, entrañable, pero distinta de nosotros mismos.

*Madre por adopción y autora del libro «Nuestros hijos – Reflexiones de una mamá adoptante»

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