Mi maestro

Elizabeth Groccia

Nunca sentí la necesidad de ser madre para realizarme o completarme, no creo que la plenitud le llegue a nadie por el cumplimiento de ningún rol. Sentí el deseo y punto. Con todo lo que desear significa en alguien como yo.

Ser mamá por adopción y parir un hijo no se parece en nada. El que diga que sí, lisa y llanamente, no sabe lo que dice. En lo único que seguramente se parezca es que, se llegue como se llegue a la maternidad, duele. Y mucho.
Me llevó tiempo sentir hijo al hijo que deseé pero no parí. Me llevó tiempo entregarme a amarlo porque en ese camino yo me rompí brutalmente como un cristal estallado contra el suelo desparramado en mil pedazos, y yo necesité duelar cada uno de esos fragmentos de mí porque sabía que los perdía para siempre. Él ya estaba roto cuando nos encontramos, traía sus pedacitos de vida apretados entre los puños de sus manitos sucias.
Yo empecé a amarlo cuando acepté que jamás iba a poder borrar el dolor de su mirada pero que era justamente en esa mirada en la que yo me reconocía, y así me sanaba. Creo que él empezó a amarme cuando entendió que yo, con todo mi desastre, estaría al lado suyo cada vez que me buscara.
Ser mamá de Manuel no me define. La maternidad está socialmente sobrevaluada, podría no haberlo sido porque no lo necesitaba. Lo que sí es cierto, es que jamás pensé que yo podía amar tanto y eso es algo que hubiera sido un error habérmelo perdido. Porque después de todo un rol no me define, pero él sí: hoy soy quien soy, porque Manuel está en mi vida. No mi hijo. Manuel, mi maestro.