Lo que oculta la conducta antisocial. La vulnerabilidad psíquica en los niños.

Ariana Lebovic (*)


❞ ¿Querés transar? Así se presentó en la primera sesión.
Simón quería asustarme cuando en realidad el asustado era él. Tenía 15 años, iba a una escuela de recuperación porque tenía severos problemas de aprendizaje y de conducta. “Se confundía y no aprendía”.

Hoy lo recordé.
Pensando en los miles de niños que viven en situación de vulnerabilidad, se me apareció Simón con su angustia disfrazada de agresividad.
Recordé que no me asusté en ese primer encuentro cuando prepotente me apuró haciéndose el machito. Recordé también lo sorprendido que se quedó cuando en lugar de retarlo le interpreté su temor. Más avanzado el tratamiento pude pensar la transa que habían hecho con él.
Al poco tiempo de ese suceso entablaría conmigo un vínculo de saber y de confianza.
Simón no aprendía y aunque sabía que no era tonto se confundía “Yo no doy para más, yo no sigo, yo prefiero la noche, yo me voy a bailar” Sostenia con certeza que él no seguiría estudiando porque no llegaría a la secundaria.

Simón se confundía y era de verdad.
Simón no discriminaba, se le borroneaban los límites y los márgenes, nada lo podía frenar.Incluso confundía sus fichas con las mías cuando jugábamos a la oca y ya no sabía quién era quién.

Como cuando le cambiaron el apellido sin demasiada explicación y le dijeron sin mucho deseo que como nadie lo había buscado se quedaría en esa familia. Porque Simón vivía en esos hogares de tránsito y como nadie lo adoptaba decidieron quedárselo.
“Yo antes era abanderado, no sé qué me pasó”.
Su confusión tiene fecha y tiene historia, una historia sin palabras y sin explicación.
En la oca cuando se quedaba atrapado me decía “de acá no hay salida”.

❞ A medida que avanza el tratamiento cede su apuro por avanzar de casilleros, ya no lo mueve la noche, ni ir a trabajar o aprender a manejar un remise. Quiere pensar y que lo ayude a elegir mejor.
Las sesiones arrancan diferente:
Estuve pensando.
Estoy preocupado.
No te conté.
Vos que sabes.
Su discurso cambia y él cambia de posición en su discurso. Se vuelve reflexivo, pensante, menos impulsivo.

La escuela me llama porque a diferencia de antes lo notan inhibido. En la oca me pide “que lo mueva yo”.
Simón avanza. Termina la primaria. Tiene miedos de quedarse, de no poder avanzar pero esta vez puede pensar lo que lo mueve.
Simón se despide. Yo me quedo con su historia.
Simón no era tonto, tampoco estaba loco.
Simón había desestimado cualquier forma de pensamiento porque pensar era doloroso.
Cuántos niños actúan como modo de defenderse de la angustia. Cuántos niños esconden bajo un disfraz de agresividad su verdadero y vulnerable self.
Cuántas veces se piensan ciertos actings como locura.
Cuántas veces se borran la dimensión histórica y singular de los síntomas en nombre de clasificaciones diagnósticas.
En nombre de Simón y de todos esos chicos con historias traumáticas es necesario como analistas no olvidarnos de resituar la historia, el contexto, lo social, lo cultural. Y sobretodo no perder nunca la capacidad de asombro y de juego.
Un buen analista es aquel que a pesar de tener mucha experiencia está dispuesto a escuchar y a dejarse sorprender por los pacientes.

(*) Psicóloga, psicoanalista.

Fuente: Rayuelas. (2019, junio, 11) Recuperado de https://www.facebook.com