La evaluación de los posibles futuros adoptantes

María Federica Otero

“Entre el deseo, los saberes y lo posible”

La terminología “evaluación de los pretensos adoptantes” está en el discurso cotidiano de todos los que trabajamos en la temática de la adopción; somos parte entonces, tanto del cuidado que debemos al niño en la realización de esta práctica que en definitiva lo insertará en una estabilidad familiar como del concepto que creamos.
Técnicamente, se refiere al proceso mediante el cual, un equipo interdisciplinario a través de ciertos instrumentos emite un juicio valorativo sobre la idoneidad o no de esas personas para ser adoptantes.
Ahora bien, si yo pregunto en general: qué les promueve la palabra “evaluación” para ser padres, qué les provoca esta palabra. La sensación que generalmente nos  aparece es de ansiedad, de fantasía,  de desigualdad y de desequilibrio entre quién es evaluado y quién evalúa.
Esto es así por varias razones, pero la primordial tiene que ver con el significado de la palabra evaluación en el imaginario social. Así es como “evaluación” rápidamente es asimilable a situaciones de examen; relaciones entre profesor-alumno, desigualdad, etc. La semántica no es ingenua.
A raíz de ello y en el marco de la Declaración de los Derechos del Niño, hemos avanzado también en el área semántica, al utilizar la palabra niño/a y/o adolescente dejando atrás la de “menor”; hemos entendido por qué nombrar a la familia de origen como tal y no como familia biológica, etc. ¿Por qué no interpelar e interpelarnos sobre “la evaluación a los pretensos adoptantes”?
Propongo entonces reemplazar la frase “evaluación de los pretensos adoptantes” por “Proceso Interactivo Diagnóstico e Informe sobre indicadores de la capacidad de prohijar”

Algunas primeras aclaraciones semánticas

Destaco el verbo prohijar tal como lo entiende la Dra. Eva Giberti.[1], quien enseña que ”Adoptar quiere decir prohijar”, se trata de un niño prohijado porque previamente no ha sido hijado ya que no fue mantenido al lado de los progenitores como guardianes de su prole.
Asimismo, tomo el atrevimiento de asociar la palabra prohijar con el concepto winnicoteano de “holding”. Cuando hablamos de la capacidad de prohijar hablamos también de “hold”, esto es: capacidad de sostener a otro , de ocuparse de otro, de tenerlo en cuenta.
Hablamos entonces, de un proceso de diagnóstico a través de la interrelación. Diagnosticar,  significa “conocer a través de”, entonces conoceremos la capacidad de prohijar a través de la relación que se establezca entre los profesionales actuantes y él o las personas que desean adoptar.
Al diagnóstico lo entiendo como un proceso, que irá decantando la significación de una serie de transformaciones que ocurrirán hasta que finalmente se alcance un cierto estado. Las etapas resultarían en un estado inicial dinámico y un estado final en el que el proceso se extingue y el producto aparece.
En tal sentido,   el informe que realizan los profesionales sobre los indicadores de la capacidad de prohijar y no sobre las personas que quieren adoptar, vendría a corresponderse con el producto del proceso de interacción entre los adultos que desean adoptar y los profesionales en cuestión.  Quiero enfatizar aquí que el diagnóstico es sobre las capacidades o no de prohijar y no sobre las personas mismas. No se trata de un diagnóstico psicopatológico, que tal vez algunas veces hay que hacer; sino de conocer si esa persona será capaz de prohijar a otro. Esto es fundamental porque así dirigiremos nuestras acciones sobre el posible niño que será o no prohijado.

¿Y por qué a través de un proceso de interacción? 

Porque la posición más saludable será aquella capaz de interactuar con el otro, lo que implique un posicionamiento de igualdad, colocando entre paréntesis la propia subjetivación posibilitando de esta forma la escucha del otro.
Cuando trabajamos con la impotencia del otro, con las angustias del otro, con las posibilidades de engendrar del otro; se nos impone como necesidad urgente la previa elaboración personal de nuestras impotencias, nuestras angustias y nuestra capacidad de engendrar como experiencia de seres prohijados y/o hijados, o no..
La elaboración de estos puntos vitales personales se impone con la finalidad de no causar ningún perjuicio ya que pueden surgir en el profesional procesos identificatorios-patológicos, de incapacidad de desapego, identificación total y sufrimiento compartido. Esto trae aparejado indefectiblemente un producto (informe) que habla más de vínculos simbióticos del profesional que de la capacidad de prohijar de la/s personas que quieren adoptar. El producto-informe, aunque subjetivo, debe resultar confiable y capaz de proporcionar posibles indicadores de prohijar del Otro.
¿Cuál es el inicio de este proceso?
Entiendo es el primer encuentro de las personas que quieren adoptar con el Estado. El primerísimo momento previo de solicitud de  Información, de acercamiento real de su deseo frente a un tercero,  que es un desconocido.
Ahora bien, mencioné con anterioridad que el diagnóstico se volcará en el informe-producto que contendrá los indicadores que nos hablen sobre la capacidad o no de prohijar. Los indicadores deben ser varios porque las dimensiones de la variable prohijar son varias. La capacidad de prohijar no debe estudiarse solo desde una dimensión como puede ser “capacidad si/no contención” sino desde sus múltiples dimensiones: ejemplo “capacidad de desapego”.
Por último, entiendo que llamar a las personas que desean adoptar como  postulantes, pretensos adoptantes o como los denominan en Brasil “candidatos” son significantes cargados de una connotación  que habla de “ranking”, de quien es mejor que otro, de “selección del mejor” y de eso justamente no se trata.

¿Es posible entonces una interacción adecuada y un informe de indicadores sobre la capacidad de prohijar?
Las buenas prácticas en la materia están a la luz de todos nosotros, la capacidad de los profesionales, así como los saberes son una realidad que –creo- va en proceso creciente. Al mismo tiempo, Eva Giberti (1) nos advierte sobre la alarmante situación que se vive en las universidades de nuestro país que no contienen enseñanza específica sobre adopción dentro de su currícula .
Quiero -al mismo tiempo- destacar  la existencia de la ilusión de creer que el informe es totalmente objetivo, predictivo. Es imprescindible que la mirada en la elaboración de aquel y la interacción de lo adultos que desean adoptar tengan  al niño/a en el centro de la escena. La responsabilidad radica en la elaboración del informe basado en el Interés Superior del Niño.
De este modo, apuesto a continuar construyendo teóricamente en pos de la sistematización del saber en la materia, al mismo tiempo que propongo tener siempre presente la existencia de los límites de lo posible. Posible es científicamente mencionar los indicadores, estudiar seriamente sus dimensiones, trabajar en equipo, supervisar, elaborar los “puntos ciegos” de nuestra vida personal; lo imposible será predecir ese encuentro entre futuros padres e hijo/a que como tal será único e intransferible.
En este mismo sentido, cuando se informa sobre la a disponibilidad adoptiva de los posibles postulantes debe sostenerse  en un marco de proceso interactivo y no basado exclusivamente en el deseo. La intensidad del deseo para  tener un niño tantas  veces grabado  por la espera, no puede colegirse en la fantasías reparadoras del profesional interviniente.
El derecho a la Identidad debe ser incluido también en este proceso y estudiado a través de sus dimensiones. Si bien se conoce, se habla sobre el derecho del niño a conocer sus orígenes, generalmente es tenido en cuenta a través de una de sus dimensiones: lugar de nacimiento, padres de origen , etc.; dejando de lado la dimensión nombre de origen.
Al respecto, y sin entrar en una discusión de tipo jurídica comparto lo sostenido por  la Dra. Marisa Herrera cuando se refiere al art. 8.1 de la Convención sobre los Derechos del Niño. Explica que el Derecho del Niño a preservar su Identidad incluye el nombre. Incluir signica “colocar una cosa dentro de otra”, por lo cual para la normativa supralegal, el nombre estaría dentro del derecho a la identidad, por lo tanto la interacción entre ambas estaría expresamente prevista por el ordenamiento jurídico…”[3] Cuando se lee una sentencia de adopción desde una mirada no jurídica, no es menor la sensación de “desencuentro” en cuanto reza: “…Hacer lugar al cambio de nombre solicitado en relación a la menor LAURA por el de MARTINA…” O sea, que existe una necesidad de modificación de un nombre que tiene que ver con su origen, por un nombre que parte del deseo de los padres adoptivos.
La capacidad de flexibilización de los posibles  futuros adoptantes es a mí entender otra de las cuestiones a tener en cuenta en los informes. No solo la obligación de transmitir sus orígenes sino la capacidad de sostenerlos desde otros significantes fundamentales como es el nombre de pila. La pregunta sería: ¿por qué  modificar el nombre que  fue elegido para él o ella por su familia de origen?
Sostenerlo es en definitiva respetar el derecho del origen del niño. de eso también hay que trabajar en el proceso diagnóstico.

Conclusiones

Propongo la incorporación de una nueva terminología:
– “Proceso interactivo Diagnóstico e informe sobre indicadores de la capacidad de prohijar”
– Llamemos a los pretensos adoptantes simplemente como aquellas personas que desean adoptar.
– El Informe que realizan los profesionales sobre la capacidad de prohijar , corresponde al producto del proceso interactivo entre los adultos que desean adoptar y los profesionales . En tal sentido es fundamental la supervisión y el trabajo personal de “los puntos ciegos”
– Es obligación del Estado garantizar al sujeto niño/a que todas las cuestiones que se promueven para obtener el estado de hijo en el seno de una familia deben contemplar su Superior Interés, entendido éste como el sistema integral de los derechos reconocidos en la Convención.

Licenciada Federica Otero
Directora DNRUA – Bs.As.

Publicado en http://www.jus.mendoza.gov.ar/organismos/registro_adopcion/index.htm

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