La adopción de niños mayores

Gonzalo Valdés

Técnicamente, la adopción de niños de más de dos años se designa “adopciones tardías”.  Pero esta denominación no debe confundirnos, no es “tardía” porque ya es tarde para adoptar a los chicos, sino que es una forma de nombrarla para diferenciar a la integración adoptiva más anhelada, la “adopción temprana” o de niños recién nacidos.

Sin embargo, parece predominar la idea de que en la adopción tardía los niños ya están predeterminados, condicionados y definitivamente estructurados, de manera tal que nada de lo por venir va a poder modificarlos. En esta concepción, que podríamos considerarla “pre-juiciosa”, se escuchan comentarios tales como: “y…… ya es muy grande, ha pasado por muchas cosas y yo quisiera que fuera más chiquito para que se moldee a nosotros…”; “ya trae sus cosas y puede venir con costumbres y valores diferentes a los nuestros…”, “quien sabe las cosas que ha vivido y los traumas que pueda tener”: etc., etc.

Debemos distinguir algunas cosas. El momento evolutivo en estas edades, es muy diferente; no es lo mismo un niño de 2 años, que uno de 3 ó 4 años, ni es igual a un niño de 5, como tampoco es lo mismo que un niño de 6 ó 7 años. Cada día en la vida es estos chicos es trascendental para su desarrollo socio-afectivo, y cada etapa requiere necesidades y comprensiones diferentes.

A pesar de que a estas cortas edades, los chicos hayan vivido situaciones dolorosas, de desamparo emocional, desatención física y afectiva, no significa que no tengan posibilidades de revertir, de construir y de sanar. Al contrario, de acuerdo a “las características de personalidad del niño, a la etapa de desarrollo emocional en la que se encontraba cuando ocurrió la pérdida, a sus capacidades defensivas y de la existencia de un medio suficientemente bueno” (Cúneo, Lidia) podrá ir recomponiendo aquellos desajustes iniciales.

Podemos ver, entonces, que en las adopciones tardías hay situaciones que forman parte de las vivencias de los niños, y otras situaciones que dependerán de “un medio suficientemente bueno” (familia adoptiva) que los contenga.

¿De quién depende que la “adopción tardía” sea saludable, estable y permanente?; ¿de los niños?, ¿de las historias que hayan vivido?….. No podemos hacerle recaer sobre los niños la carga de las situaciones vividas. Ellos no son los causantes de la falta de capacidad de su familia biológica para criarlos, de los maltratos, del desamparo y la desprotección. Es lo que han vivido hasta ese momento.

¿En dónde se encuentra la mayor responsabilidad para que este tipo de vinculaciones sea saludable? En los adultos que deberán cimentar un nuevo entorno “suficientemente bueno”.

Frente a la imposibilidad de que crezcan con su familia biológica, como hemos dicho en el Boletín N° 7, “la primera responsabilidad por el futuro de los niños que se entregan en adopción, la tiene el sistema judicial”, promoviendo un trabajo integral, interdisciplinario (social, psicológico, legal, médico, educacional), respetando las necesidades particulares de cada historia de vida de los niños, y trabajando con los preadoptantes, a fin de determinar si cuentan con recursos internos y externos necesarios para sostener una adopción de este tipo.
Vamos a mencionar algunas de las características de los adultos que pueden ser factores de protección para adoptar a niños mayores de dos años.

Podemos pensar que se puede realizar una “adopción tardía” saludable y exitosa, si los adoptantes:

– Tienen estabilidad emocional para desplegar funciones de sostén e implementación de normas claras y coherentes.  – Tienen capacidad de empatía, es decir de poder identificarse con este niño, para poder entender y aceptar los procesos que se manifestarán a lo largo de los primeros meses de convivencia.
– Tienen tolerancia a la frustración, es decir, aceptar que hay cosas que no son como ellos esperaban, que a veces a pesar de su esfuerzo no se ven los cambios tan rápido, y se requiere mucha paciencia.
– Tienen la habilidad de encontrar gratificación en pequeños avances y mejorías. No se centran únicamente en metas finales, sino que se esfuerzan en ayudar a que el niño tenga éxito en las pequeñas tareas diarias.
– Tienen flexibilidad en el rol parental, lo que les permite apoyarse el uno al otro frente a sensaciones de agotamiento o desconcierto.
– Pueden tener una visión de la familia como un sistema interrelacionado, donde no se focalicen los desajustes en los niños (“el/ella tiene problemas”), sino que la base para superar una situación/problema es “nosotros necesitamos superar esta dificultad”.
– Pueden apropiarse del rol de padres lo más rápido posible, con una actitud activa que le entregue al niño un mensaje esencial: “yo soy tu padre/madre, y así es como te voy a proteger y cuidar”.
– Pueden generar un sistema familia abierto, con receptividad para solicitar y aceptar ayuda. La voluntad de los padres para revelar debilidades y descorazonamiento, es la clave para encontrar ayuda y plantearse nuevas soluciones.

“Esto no significa que los problemas desaparezcan, sino que los niños se incorporarán a una familia en donde sus padres pueden sentir fuertes lazos con ellos, y pueden proveer las funciones de nutrición parental, estimulación, modelamiento, estructuración y maduración adecuados” (Rosas Mundana, Gallardo y Angulo Diaz).-

Licenciado Gonzalo Valdés
Trabajador Social del Equipo Interdisciplinario de Adopción
RUA Mendoza
Artículo extraído del Boletín Informativo Nº 14 del RUA Mendoza-mayo 2007

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