¿Fracasos en familias adoptantes?

Eva Giberti

El desconcierto de los padres que me consultaban era muy intenso: acababan de contarme cómo habían realizado la adopción de su hija, cómo la habían educado, con qué cuidado le informaron su condición de hija adoptiva, y de qué manera la trataron durante dieciséis años, que era la edad actual de la adolescente que motivaba la consulta.

Recurrían a la orientación psicológica porque no comprendían las reacciones violentas que la hija utilizaba con ellos y que apuntaban a su adopción. Renegaba de ella y pretendía regresar a su lugar de nacimiento, un país extranjero sosteniendo que estaría mejor con «su gente».

Los padres se preguntaban: «¿Por qué quiere volver a un país donde se mueren de hambre, y encontrarse con la mujer que la dio sin que le importara deshacerse de ella?» El tono y el contenido de lo que transmitían esas palabras me alertaron: la experiencia me permitió palpar los sentimientos de innumerables adoptivos acerca de su origen, y así como algunos no quieren oír hablar del tema, otros se adhieren sensiblemente a esa porción de su historia y le otorgan una significación fundamental para construir su identidad.

Cuando entrevisté a la adolescente -que llegó de mala gana a mi consultorio porque «ella no estaba loca para tener que hablar con una psicóloga»- escuché la enumeración de las quejas contra sus padres. De todo cuanto dijo, pude comprender que el encuentro con sus orígenes era una excusa para decirles que quería excluirlos de su vida.

Se advertía que no soportaba 1) la dura crítica de sus padres a su país natal y a la mujer que la entregó y a la que llamaba «mi mamá pobre», 2) la extrema valorización del dinero por parte de los padres, privilegiado como un valor máximo, 3) la insistencia con que los padres enfatizaban los buenos modales que ella debía tener para «disimular » sus rasgos aborígenes.

Eran tres ejes alrededor de los cuales la adolescente había gestado hostilidad hacia sus padres, lo que estallaba en este momento.

Durante las entrevistas grupales que mantuve con ellos quedaron a la vista los prejuicios que impregnaban el pensamiento y las emociones de estos padres: no obstante cuidar la educación, la salud y el futuro de la niña, esa criatura no había ingresado como hija en el deseo de maternidad y paternidad de ambos.

El desdén con que se referían a su origen expresaba un mensaje entre líneas: «No sos como nosotros», por una parte, y por otra: «Ni lo serás, debido al color de tu piel».Desde su infancia la hija había registrado esta posición parental y, en lugar de deprimirse -reacción con la que suelen responder adoptivos cuyos padres tienen estas características- elegía la violencia como contraataque.

Situaciones de esta índole auguran un pronóstico reservado. La experiencia con adoptivos adultos que no se sintieron hijos del deseo de sus padres, indica que, aunque desarrollen su vida normalmente, padecen la nostalgia de ser reconocidos vivencialmente como hijos.

Otras complejidades

Un clásico de los desencuentros entre padres e hijos adoptivos se produce cuando los adultos, «para no hacer sufrir al niño» eluden informar acerca de la adopción. Por lo general se trata de padres que no asumieron el dolor que les produjo la imposibilidad de concebir, y tratan de evitarse ellos el sufrimiento que significa aceptarla.

Al proceder de este modo transforman la vida del hijo en un engaño inútil ya que los hijos, de un modo u otro se enteran: cuando descubren la ficción en la que vivieron suelen reaccionar con ira y con furia acompañadas por la humillación, sentimiento que impregna la vivencia de haber sido traicionados.

La persistencia de estos afectos configura reacciones que progresivamente se cronifican y resultan dolorosas; un adolescente me dijo: «¿No pensaron en lo que yo podría sentir al descubrirlo? ¡Me engañaron porque, total, yo no era hijo de ellos!».Es decir, la descripción de alguien que se siente burlado debido a su origen: podían engañarlo porque alguien lo había entregado.(Se había deshecho de él). Este sentimiento de humillación propicia la necesidad de defenderse de quien lo produjo, defensa que a menudo se traduce en fugas del hogar.

Mentir acerca del origen constituye uno de los motivos claves de los fracasos que a veces encontramos en las familias adoptantes. Los hijos comprenden, rápidamente, que se les amputó su derecho a ser personas, ya que dicho derecho inserta sus raíces en la identidad, que, a su vez, reclama saber cuál es el propio origen. A los hijos que padecen esta situación les resulta sumamente complejo procesar los sentimientos hostiles hacia los padres y convivir con las contradicciones que implican depender afectivamente de quienes construyeron su familia a partir de una falsedad.

Otra perspectiva:

A veces la adopción no logra convocar los placeres y las alegrías que es capaz de aportar porque uno de los padres no resuelve el conflicto que se entabla entre su posibilidad de concebir y la decisión de adoptar debido a la esterilidad del cónyuge .

Cuando una mujer fértil adopta puede suceder que la criatura sea vivida como una intrusa que ocupa el lugar de su hijo posible. Entonces, a pesar de su buena voluntad y de sus deseos de tratar a ese niño o a esa niña «como si fuese propio», sólo consigue sobreprotegerlo; y sabemos que la sobreprotección es una forma encubierta de la agresión.

En estas circunstancias estamos frente a una mujer que, aunque sostenga fervorosamente que adopta por amor a su marido, y que para ella es lo mismo un hijo de su vientre que uno adoptivo, en realidad, enmascara su conflicto y reprime su hostilidad hacia el varón; es particularmente riesgoso que no consiga expresar su dolor e inclusive su frustración y su ira ante lo que le ocurre. Silenciar el dolor que genera la renuncia al vientre fecundo y al amamantamiento, puede recaer sobre el trato que se otorgará al adoptivo. Los que se denominan fracasos en la adopción, reiteradamente están asociados con madres que no asumen un duelo por su fecundidad frustrada. A lo cual suelen añadir, inconscientemente, la vivencia de traición respecto del hijo posible.

La añoranza por concebir lo que erróneamente se denomina un «hijo propio», se puso en evidencia cuando, merced a las nuevas técnicas reproductivas, algunas adoptantes con hijos ya crecidos se sometieron a fecundaciones con espermatozoides de donantes anónimos. Es decir, que la nostalgia por una concepción biológica fue lo suficientemente fuerte como para alternarla con la adopción.

Entre las expresiones que los adolescentes recuerdan, una de ellas es inequívoca: «Si hubieras sido hijo mío te gustaría estudiar» o bien alguna equivalente, pero que comienza con «Si hubieras sido hijo mío», emitidas durante situaciones de enfrentamiento entre ambos. Estas palabras sintetizan un estado de ánimo de la madre que, aunque no se evidencie en conductas cotidianas, se transparenta en el clima afectivo que ella inconscientemente produce. Se caracteriza porque expresa distancia y carencia de espontaneidad, aunque no incluye necesariamente violencias.

En estas circunstancias los hijos no siempre responden con huidas o con violencias, pero se convierten en sujetos que se aíslan dentro de la casa, lo cual genera tensiones al suponer que no existen motivos para este comportamiento. La vivencia de estos adoptivos es la de sentirse ocupando un lugar que no les corresponde.

Y a veces los mismos niños…

En ocasiones nos encontramos con familias que han procedido del mejor modo posible a pesar de lo cual el hijo insiste en descalificar a los padres, a su adopción y a su nacimiento. Entonces encontramos niños con modalidades reactivas que si bien se enlazan con sus experiencias cotidianas, parecen depender del «modo de ser» del niño, es decir, que tienden a reaccionar negativamente ante cualquier planteo que se les proponga. Son los denominados «niños difíciles» que crean conflictos con todos los adultos y con sus pares. Ser adoptivo es uno de los argumentos que utilizan para enfrentarse con el mundo y consiguen antipatizar su relación con quienes los rodean.

Construyen su subjetividad a partir de componentes personales que difícilmente pueden ser neutralizados por quienes los quieren y acompañan. O sea, no podemos responsabilizar a su familia por las dificultades que presentan, y, en todo caso, es preciso contar con un grupo familiar dispuesto a convertirse en psicoterapeutas con una importante capacidad de contención; lo cual no es sencillo.

Entre los obstáculos con los que tropieza una familia adoptante que siente la adopción como un fracaso, encontramos el trato que a veces se les otorga a los adoptivos en las escuelas o en determinados ámbitos sociales: la tendencia a discriminar se mantiene estable en el planeta, a pesar de la lucha permanente contra ella; por ejemplo, en adolescentes que transgreden la ley y que ingresan en los circuitos judiciales y policiales. No es extraño que en dichas instituciones, al enterarse que están frente a un adoptivo, digan: «Ah!», como si esa filitud explicara cualquier desafío a la ley. O sea, existen prejuicios que atentan contra el equilibrio de una familia adoptante.

Más allá de esta enunciación es prudente revisar la idea de fracaso referida a la adopción; a veces se evalúa como situación sin salida y sin embargo se trata de un entretejido de conflictos que puede abordarse. Sin refugiarnos en idealizaciones, cabe intentar los diferentes caminos que las psicoterapias proveen como esclarecimiento. Culpabilizarse o culpabilizar a los hijos no ayuda. Confiar en lo que podrán intentar juntos, a pesar de la desesperanza que pueda amenazar a una familia, es más prometedor y más fecundo.

Eva Giberti- Psicoanalista
(Artículo de Eva Giberti, Revista Infancia 3, enero/junio 1998. España. www.evagiberti.com)
Extraído de: http://www.ernestomaruri.com

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