«El mayor acto de amor…»

Susana Dulcich

Los papas adoptantes y quienes desean recorrer este camino, escuchamos muy a menudo, que quien adopta realiza “el mayor acto de amor”, que la adopción “es un tremendo gesto de amor, el más grande, para con esos chicos”, y muchísimas otras frases de este estilo.

Los papas adoptantes y quienes desean recorrer este camino, escuchamos muy a menudo, que quien adopta realiza “el mayor acto de amor”, que la adopción “es un tremendo gesto de amor, el más grande, para con esos chicos”, y muchísimas otras frases de este estilo.
Tenemos que decir, y repetirlo las veces que sea necesario, que quienes somos o esperamos ser padres por adopción deseamos simplemente ser padres.

Ese supuesto acto de “infinito amor y bondad” que algunos nos adjudican, no es nada más, ni otra cosa, que desear ver realizado nuestro inmenso anhelo de ser padres. No tiene que ver, como muchos de nosotros lo hemos dicho tantas veces con “el altruismo”, o con “hacer el bien”, u otras virtudes muy importantes para ejercerlas con el prójimo, pero fuera de lugar cuando se trata de la relación con nuestros hijos.

Si entendemos que no es lo mismo engendrar y parir que maternar, ya que lo primero es dar vida, pero no necesariamente convertirse en madre -palabra con la cual acostumbramos llamar a todas las progenitoras, pero que debería nombrar a quien cumple el rol de madre (o padre, en su caso), es decir a quien ama, cuida, protege, respeta, y ayuda a crecer- tendremos que acordar entonces que la adopción es un acto de amor, por la sencilla razón de que la paternidad es un acto de amor. ¿Qué otra cosa es ser padre o madre de alguien sino amarlo, cuidarlo, protegerlo, respetarlo, y ayudarlo a crecer?
El problema reside en que comúnmente, cuando se usan estas expresiones, se está queriendo decir otra cosa. Por eso se habla del “más grande” o “tremendo” o “sublime” acto de amor. Como si ser papá o mamá por adopción requiriera una abnegación especial, una capacidad de amar más allá de lo normal, o una enorme bondad, capaz, por lo tanto, de cobijar a quien nos es extraño. Esto último, inentendible para algunos, motiva que lo califiquen como “una obra de bien”. Porque ahí radica el quid de la cuestión, no se comprende que hijo es aquel que uno ama como tal, no importa en qué vientre haya crecido o cuál sea su código genético.
En el fondo siempre se trata de lo mismo. Quien usa esos términos no entiende que el amor maternal no tiene que ver con la sangre o el ADN, ni con la transmisión de genes, ni con que el hijo sea “fruto de nuestro vientre” sino con la posibilidad de sentirlo hijo.
Sí tiene que ver con nuestro deseo y capacidad de amar, con nuestra capacidad de entrega y de compromiso. Un amor lleno de comprensión, respeto y contención, una entrega que signifique mucha paciencia y generosidad, un compromiso que incluya asumir que ahora alguien depende de nosotros para que lo formemos para la vida, y estar dispuestos a dar lo mejor en esa tarea. Porque no es posible ser madre o padre careciendo de todo eso. Podremos ser progenitores, pero nunca padres.
Es indudable que la paternidad por adopción tiene características propias, que nuestras historias serán en muchos aspectos diferentes a las de las familias biológicas, y que sin duda ser padres por adopción requiere -y me permito aquí citar las palabras del Lic. Gonzalo Valdés- “poseer recursos internos y externos suficientes como para sostener una paternidad adoptiva saludable”.
Esto no implica que el amor hacia nuestros hijos sea “especial” o que nosotros mismos seamos “especiales”, y sobre todo no implica que recorrer este camino para llegar a la paternidad, construyendo una familia por vínculo adoptivo, sea fruto de las ganas de “dar” de un corazón bondadoso. Nuestros hijos escuchan con asombro e impotencia, que, para muchos, al habernos integrado como familia, hicimos con ellos “una obra de bien”.

Pretendemos que todos sepan y entiendan que no somos “salvadores”, ni “rescatamos” a nuestros hijos. Somos simplemente sus padres. Y nuestros hijos son simplemente nuestros hijos, y como tales no están ni estarán jamás en deuda con nosotros, ni corresponde de su parte un sentimiento que se parezca a la gratitud.

Corresponde que nos den trabajo, que nos hagan preocupar, que sean desobedientes y que no hagan su tarea, y que a veces mientan y contesten en forma indebida, así como en algunos momentos nos sorprenderán y nos llenarán de ternura siendo maravillosos como son capaces de ser. Es decir, corresponde que sean hijos sencillamente. Sólo eso. Ellos nos regalaron la infinita felicidad de ser sus padres. Nada menos.