Adopté a la Pantera Rosa

Paula Moreno

No siempre es necesario empezar por el principio. Tal vez nos ordene más empezar por el final.
Entonces, el final de la historia puede ser el principio de otra.

Cuando nos nombran a la pantera rosa, pueden aparecernos dos imágenes: la clásica pantera rosa que nos deleitaba con su silencio y sus travesuras más cómicas. O bien Peter Seller haciendo de una fiesta un verdadero caos.

Cualquiera de las dos opciones podría reflejar el proceso por el cual atravesamos con Cata.

La foto de Cata junto a la pantera rosa representa la última parada de este viaje juntas. Su viaje continúa y el mío también. Los dos han sido transformados por nuestro encuentro .

_ ” Ella es Cata”, me dijo la operadora del Hogar donde Cata vivía desde hacía tres meses.

Cuando miro hacia la sala de espera, veo a una niña hecha un bollito contra un rincón de una pared. Cata tenía en ese momento 9 años, su cabello era muy largo y de color dorado, sí, no era rubio, era dorado.

Cata había ingresado al Hogar de residencia hacía poquitos meses, junto a sus hermanos varones. Los tres hermanos habían sido separados de su hogar por ser víctimas de negligencia, maltratos físicos y emocionales severos y por haber sido explotados sexualmente en una red de Trata de personas.

La familia de origen de estos niños estaba conformada por su madre y cuatro hermanos mayores que Cata. Todos ellos estaban participando de la captación de niños en una red de explotación sexual. La madre de Cata era quién llevaba a la niña desde edades muy tempranas para ser explotada sexualmente. Cata había estado en varias oportunidades privada de la libertad, atada a una cama en el lugar donde se cometían los abusos.

_Hola Cata, soy Paula.

_ (silencio)

Este silencio podía prolongarse por varios minutos, hasta terminar su hora de sesión.

Ese silencio era sólo de palabras porque su cuerpo no paraba de hablar.

Cada vez que llegaba a la sesión se “congelaba”. Y podía estar quieta, inmóvil, sin siquiera pestañar, durante toda la hora.

Escena que se repetía semana tras semana mientras yo intentaba acercarme a ella.

Supongo que un malabarista hubiera aprendido mucho de mí, ya que inventé las mil y una formas de descongelarla. Hasta que por fin, la encontré. La encontramos: la música, envolviéndonos y acercándonos un calorcito que permitía derretir poco a poco el hielo. Pequeños movimientos del cuerpo, tarareos, ondulaciones suaves de la cintura, la espalda que se aflojaba.

¡¡¡¡Qué sabio su cerebro!!!!!!! ¿No? Cada vez que Cata percibía peligro, el área de su cerebro encargada del habla se bloqueaba y la respuesta de supervivencia era el congelamiento y el silencio.

Boris Cyrulnik dice en su libro “Sálvate, la vida te espera”: ” La estructura de la agresión estructura la reacción traumática”. […”el peso de la memoria colorea el presente”[…el silencio es protector….ni siquiera en tiempos de paz se puede decir todo…todos los heridos del alma sienten el efecto protector del silencio. cuando uno vuelve del ultramundo, los recuerdos y las palabras han adquirido un significado difícil de compartir….cuando la realidad es una locura ¡cómo va a organizar el mundo mental de un niño?….un traumatizado no elige el silencio. Es su contexto el que lo hace callar. Cuando se vuelve del ultramundo, en qué lengua, con que palabras podrá narrarse esa experiencia….el silencio en todas sus formas (mutismo, congelamiento, rechazo de una reciprocidad), es la única respuesta que se le ofrece al superviviente. Cuando no se entiende nada de lo que se dice, cuando todas las palabras son distorsionadas ¿cómo no callarse? La personalidad se escinde…y una de esas partes, muda, se siente segura en su silencio, protegida en su encierro….en la guerra uno calla para no morir, después de la guerra sigue callado para compartir con los otros únicamente lo que son capaces de entender”

Palabras escritas por un sobreviviente que permiten describir lo que a Cata le pasaba. Y ese caos indescriptible, ella lo veía así:

Cata creó su mejor defensa frente a una experiencia vivida que resultaba imposible de describir con palabras. Y su cuerpo acompañaba toda esa reacción.

El cuerpo es el primer receptor del trauma. Se impregna en él, se mimetiza con él, es la expresión más cruda del sufrimiento.

Bessel van der Kolk nos dice que las personas traumatizadas son propensas a reaccionar a los recuerdos del pasado iniciando de forma automática acciones físicas que debieron ser apropiadas en el momento que ocurrió el trauma, pero que en el momento actual estarían fuera de lugar.

El legado del trauma hace que las pautas somáticas puedan verse desencadenadas por las más leves provocaciones reactivando así la respuesta física del organismo ante el terror, el abandono y el desvalimiento del pasado.

Así el cuerpito de Cata de manera automática recurría a petrificarse. Mucho más adelante podrá recordar los momentos en el pasado en que su cuerpo se petrificaba y su voz se callaba para sobrevivir del proxeneta.

Pat Ogden nos ayuda a entender un poco más. Dice en su libro “El trauma y el cuerpo”: “… la rememorización del trauma es vivida como “me está volviendo a pasar otra vez”. En esos momentos en los que la persona se siente amenazada, la mente pensante se debilitada. En consecuencia las decisiones y acciones siguientes sobre la base de la vivencia corporal de amenaza tienden a ser impulsivas, peligrosas, inapropiadas en la actualidad.

Cata llegaba al extremo de la hipoactivación, desconectando su cuerpo, congelándolo, probablemente desencadenado todo esto por el recuerdo traumático de su secuestro en la red de explotación.

Este fue el gran desafío para Cata, lograr estar en un margen de tolerancia que le permita trabajar conmigo en el viaje a su mundo interior.

Los pacientes traumatizados suelen oscilar entre dos extremos, la hiperactivación y la hipoactivación. Cuando son presas de la hiperactivación su funcionamiento se ve caracterizado por la impulsividad, conductas de riesgo, hipervigilancia, flashbacks, procesamiento cognitivo desorganizado, inundación emocional, sensaciones aumentadas. Y en el otro extremo, la hipoactivación conlleva:

Pensamiento lentificado, ausencia relativa de sensaciones, afecto aplanado, procesamiento cognitivo disminuido.

En estos extremos Cata no podría procesar sus recuerdos ni sentirse confiada para adentrarse en ellos. Ayudarla a regularse para encontrar este nivel óptimo de tolerancia fue nuestro primer camino.

Y para emprenderlo fue necesario afianzar el vínculo conmigo. Confiar en mí se convirtió en una misión titánica. Había varios motivos, el primero se refería a un secreto familiar: los tres hermanos pactaron no develar nada que pusiera en riesgo a su madre, ya que en lo más profundo de sus almas estaba la ilusión de que su madre los fuera a recuperar. En este aspecto, callar también era un escudo protector, protector de su familia, de la culpa que le generaba el sólo hecho de pensar en develar ese secreto, protector de la responsabilidad de cargar con la consecuencia del develamiento.

Por otro lado para estos niños que han sido tan dañados por sus propias figuras de apego, confiar en un extraño como yo era impensado. Sentir que yo era confiable y no la lastimaría parecía como saltar al abismo.

Muchas veces sólo nos unía la música, los cuentos, los dibujo, la presencia atenta de una con la otra. Ese cuadradito de tela era nuestro universo calmo, que poco a poco pudo convertirse en “seguro”.

Como habíamos descubierto que podíamos comunicarnos a través del dibujo, se nos ocurrió usarlo para ir conociendo a su parte muda.

La muda estaba en su cabecita para protegerla, pero Cata estaba muy lejos de entenderlo. Especialmente porque esa parte disociada de Cata guardaba los perores recuerdos y las emociones y sensaciones físicas más dolorosas.

De esta manera la muda le hablaba en su cabeza cada vez que llegaba a la consulta:

Su voz interna le decía: “No confíes en Paula, que no te hable mucho, no querés tener otra mamá”.

Fue necesario explicarle a la parte muda de Cata quién era yo y cómo íbamos a trabajar juntas para ayudar a Cata. Fue necesario también contarle que ya no estaba en peligro.

Esa parte disociada de Cata, la muda, aún permanecía congelada en el pasado. Y esta información es vital para seguir el trabajo juntas. Poder negociar con esa parte fue todo un arte. Fuimos conociéndonos de a poco y entendiéndonos.

Es tan difícil sentirse entendido en ese dolor que no tiene palabras…

Un día leímos juntas el cuento de Estela Smania “La niña Chica”: Cuenta la historia que había una niña Chica como todos la llamaban que un buen día había perdido el habla y casi ni comía. Por algún agujero se le estaba escapando el alma (dice la autora). Cuando ya nadie sabía cómo ayudarla, la curandera del pueblo dijo: ” Pero a esta niña hay que nombrarla, por su nombre! Y cuando todos pronunciaron su nombre, la niña despertó de su letargo, la vida se le había metido adentro porque afuera no encontraba su lugar”. Así fue como poco a poco empezó hablar y todos la llamaban para que el alma terminara de volver.

Cata escuchó atenta el relato, bueno Cata sola no, todo su mundo interno. Cada vez que empezábamos una sesión nos disponíamos con atención amorosa a recibir a cada una de sus partecitas. Tal vez este relato cobraba sentido para la muda. Con las tantas veces que no pudo ser nombrada, ni mirada, ni atendida, ni cuidada, aparecía la oportunidad por primera vez de ser nombrada.

Otras veces en las que nos reuníamos nos gustaba ver videos en donde había perritos asustados en la calle y los rescatistas tenían que ir acercándose milimétricamente para que pudieran confiar en él, confiar que su mano no los iba a lastimar sino a proteger. Esos videos eran nuestros maestros porque lo más instintivo de la dos se ponía en juego. Mis deseos de cuidarla y sanar sus heridas, y su rechazo y temor a ser lastimada otra vez. Mis pasos milimétricos como los del rescatista y los pasitos para adelante mínimos de Cata y los pasos gigantescos hacia atrás.

Para Cata era incomprensible que la muda tuviera una función de protección. Fue un largo recorrido entender el por qué de su aparición, cómo había hecho en el pasado para protegerla y reinventar una nueva manera de cuidarla sin congelarse y enmudecer.

Si esto fuera el relato de una película y en este momento el director de cámara hiciera un plano directo sobre mí, podría notar mi frustración ante tantos intentos aparentemente fallidos, mi impaciencia y preocupación por cómo los futuros adoptantes (Cata y sus hermanos estaban a la espera de una familia adoptiva) iban a recibir este bagaje de información y cómo iban a recibir a Cata .

Mi regulación emocional era la base del proceso, la manera en que Cata se animaría a curiosear hacia su mundo interior dependía en gran medida de mi sostén regulado emocionalmente. Y en esta regulación emocional tuvo un papel fundamental mi supervisora y mi compañera de trabajo. Ya que sería impensable abordar estos casos clínicos tan complejos en el aislamiento del consultorio. El trabajo interdisciplinario es la herramienta eficaz por naturaleza.

Carl Rogers me alienta con sus palabras: “El terapeuta piensa: He aquí a esta otra persona, mi cliente. Me siento algo temeroso ante él, temeroso de sus profundidades, tal como me ocurre con las mías. Y sin embargo, a medida que habla, comienzo a experimentar respeto hacia él, a sentir mi vínculo con él. Siento cuánto lo asusta el mundo y los ingentes esfuerzos con que intenta mantenerlo en su sitio. Quisiera captar sus sentimientos y que él advierta que los comprendo. Quisiera que sepa que estoy a su lado, en su mundo estrecho y oprimido y que puedo observarlo relativamente libre de temor. Quizá logre convertirlo en un mundo más seguro para él. Me gustaría que en esta relación mis sentimientos sean tan claros y transparentes como sea posible, de esa manera él tendría una realidad discernible a la cual retornar una y otra vez. Sería bueno poder acompañarlo en el espantoso viaje que debe emprender hacia su propio interior, a encontrar los temores ocultos, el odio y el amor que jamás se ha permitido sentir. Reconozco que este viaje es muy humano e imprevisible para ambos y que quizá yo mismo eluda en mi, sin saberlo, algunos sentimientos que él irá descubriendo. Hasta ese punto sé que mi capacidad de ayuda se verá limitada. Sé que en ciertos momentos sus propios temores lo harán percibirme como alguien despreocupado, un intruso que lo rechaza y no lo comprende. Quiero aceptar plenamente estos sentimientos en él, no obstante, espero que mis propios sentimientos se manifiesten claramente, de modo tal que él logre percibirlos en el momento preciso. Sobre todo, quiero que encuentre en mí a una verdadera persona. No debo sentir inquietud alguna respecto de la cualidad “terapéutica” de mis propios sentimientos. Lo que soy y lo que siento es suficientemente bueno como para servir de base a una terapia, siempre que logre ser lo que soy y lo que siento en mi relación con él. Entonces quizás él también logre ser lo que es, de manera abierta y libre de temor”

Y con este faro de guía seguimos adelante.

Un día Cata llegó a la consulta muy molesta porque le picaba mucho la cabeza. Unos animalitos diminutos asomaban por su larga y dorada cabellera.

No siempre recibir al otro con total aceptación es tan fácil. Por eso ese día la consulta fue en el baño. Acomodadas con peine fino en mano, algodón, alcohol y marcadores y papel, fue una de las sesiones más intensas que hemos tenido.

Acordamos con todo su mundo interno que Paula sacaría sus piojos, pero que lo haríamos con una atención muy especial. Fui guiando paso a paso cada movimiento mío y de ella, acercándole la posibilidad de notar las sensaciones físicas que aparecieran, sus emociones y pensamientos. Los podía contar o dibujar. Y como nuestro código de dibujo estaba bien aceitado, allí se fue plasmando la experiencia compartida de los piojos.

El movimiento del peine fino, el cuidado de no tirar de su cabello, de preguntarle si estaba bien, esa manera de hacerlo, el olor a alcohol y hasta el ruidito de los piojos explotados, mi mano en su cabeza. Fue una experiencia reveladora.

Cata: – Necesito las hojas

Paula: – ¿La muda quiere hablar?

Cata: – Sí. No es como cuando mamá me pasaba el peine. Antes dolía.

Y sin hablar con palabras pronunciadas sino escritas, Cata cuenta por primera vez que era su mamá quien la llevaba al lugar donde estaba el proxeneta y la dejaba ahí durante días.

¡Benditos piojos! que dieron comienzo al proceso de integración de Cata. Y abrieron la posibilidad de ir procesando fragmento a fragmento esos recuerdos terroríficos.

Esto es importantísimo para los niños severamente traumatizados, saber que el ritmo de sanación puede ir al compás de sus posibilidades. Sin atorarse, sólo de a poco y apoyados en los pequeños espacios de seguridad que se iban creando: los cuentos, los dibujos, la música.

En esa semana llegó la noticia que todos esperábamos. Había un matrimonio que iba a empezar el proceso de vinculación con Cata y sus hermanos.

Inmediatamente la muda puso en juego todas sus creencias negativas:

“soy una puta como mis hermanas”

“mamá va a venir a buscarme”

“estoy loca”

“voy a provocar a los hombres en la calle”

Y no sólo las creencias aparecieron en esa voz interna sino en sus acciones. Muchas de ellas riesgosas, como tener conductas sexualizadas con pares en el Hogar donde vivía o tener conductas de violencia hacia pares y a sus hermanos o adultos.

Algunas cuestiones empezaron a desorganizarse. Sus dibujos cambiaron:

Esa parte disociada de Cata contenía los recuerdos de la captura en la red de explotación y empezó a reconocer en las sensaciones corporales la inmovilidad del pasado, cuando estaba atada a merced de los hombres que abusaban de ella o cuando el miedo la hacía quedarse sin pestañar porque el proxeneta la amenazaba con un cuchillo, o con lastimar a su familia.

En medio de este entramado se sumaría un elemento más. El de la familia que la adoptaría. Y para tejerlo se necesitó una madeja de lana bien gorda y un par de agujas bien grandes.

El tejido comenzó con muchas entrevistas de psicoeducación con estos futuros adoptantes acerca del impacto traumático, sus disparadores y las características de Cata y sus hermanos, como así también el relato de sus historias de vida. El tejido implicó también el trabajo en red de varios equipos intervinientes aunando criterios para acompañar a los niños y a esta familia.

Sabemos de los primeros estadios de idealización de cada parte: de los adoptantes, de los niños y el de los nuestros.

Parecía que la danza entre la lana y las agujas de este entramado venía muy bien, hasta el primer episodio en donde la muda aparece en escena, que provocó que el tejido empezara a deshilacharse.

Cata y sus hermanos estaban ya hacía quince días en su nuevo hogar cuando una infección en la boca de Cata hizo que de urgencia fuera llevada a un hospital. Allí Cata al ver la aguja de la anestesia se asustó. Los médicos la tomaron del brazo para calmarla pero sólo lograron activar a su parte más lastimada. La congelada y la muda se arrinconaron en el piso del consultorio odontológico y repentinamente aparecía una Cata que golpeaba y pateaba a quién se le acercara, incluida su madre adoptiva.

Luego de largas horas de “descontrol”, Cata se calma, regresan a su casa y los padres adoptivos mencionan el hecho de querer “devolverla”.

Cata escribe una nota donde se despedía de ellos y de la vida. Fue hospitalizada inmediatamente.

Es aquí donde nos preguntamos: ¿qué fue lo que falló en todo este proceso de acompañamiento hacia esta familia? ¿no alcanzó la psioceducación, el trabajo con las propias historias de apego de estos futuros padres?

La madre adoptiva refirió: ” Cuando nos explicabas todo lo que le pasaba a Cata lo entendíamos y podíamos conectar con su sufrimiento. Pero vivirlo es distinto. Pensé que había adoptado “alguien” que no era quien yo pensaba”. Hubiese necesitado que estuvieras pegada a nosotros para decirnos qué hacer a cada momento, a pesar de que ya lo habíamos hablado.”

Esa semana de internación de Cata fue muy dura. La muda volvió a comunicarse por dibujos conmigo y logró hacerlo con la madre adoptiva también.

Cata pudo expresar todo lo que la muda recordó cuando fue al dentista y cómo los fantasmas de los abusos aparecieron, la presión de los médicos sujetándola, una escena casi calcada de sus traumas.

También pudo ir procesando un poco más estos recuerdos en sesión y mostrándole a la muda el hoy.

Fue necesario pasar por la cruda experiencia de encontrase cara a cara con todo el mundo interno de Cata para que estos padres adoptivos aprendieran a regularse ellos y aprendieran a aceptar a Cata tal cual es.

Cata está aprendiendo a anticipar los disparadores y a comunicarlos, la familia está entendiendo a la muda y le dan herramientas para regularse.

Están más dispuestos a escuchar las experiencias del pasado de Cata y a sanarlas.

A esta altura estamos en el comienzo nuevamente. Con la foto de la pantera rosa, que ya no es un bicho raro sino que es el acompañante de Cata para su segunda visita al dentista. Y esa pantera lleva grabada en su piel lo más preciado del proceso terapéutico: nuestro vínculo.

Fuente: paulamoreno.org

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