Revelar – nos 

Esta semana cumplimos 19 años de ser familia por adopción, cuando nuestros dos hijos mayores (de 11 y 6 años) vinieron a vivir a nuestra casa.
.
Los conocimos un viernes y el lunes ya estábamos conviviendo definitivamente. No hubo transiciones ni apoyo profesional por parte de la justicia, solamente la jueza nos dio la guarda y aprendimos a conocernos y a crear nuestra familia como pudimos. Les comparto lo que les regalamos a nuestros 3 hijos.
.
.

REVELAR – NOS

Como un juego cotidiano, mi papá nos dejaba participar del “revelado” blanco y negro de las fotos analógicas. Entrábamos al cuarto oscuro, elegíamos la mejor foto del negativo y pasábamos el papel fotográfico en blanco, de bandeja en bandeja, con diferentes líquidos. Practicar la paciencia y esperar. Poco a poco comenzábamos a ver cómo aparecía la imagen. Era mágico, como salido de un cuento.
.
Siento que así son nuestras vidas, a veces no se muestran nítidamente pero a medida que se “revela” podemos comenzar a ver sus formas.
.
Esa mañana, parecíamos salidos de una historieta, subiendo las escaleras que separan la vida cotidiana del “poder judicial”. Nos encaminábamos cargando con bolsos pesados que portaban un tesoro, hacia la última audiencia antes de la sentencia de adopción plena que nos daría el título oficial de familia. Habían pasado 5 años de nuestro primer encuentro y los intentos por entretejer nuestras historias particulares en una familia, nos habían llevado a crear múltiples formas. Éramos apenas un indicio de lo maravilloso que podríamos llegar a vivir en estos 19 años. Un bosquejo de cómo se iluminarían nuestras vidas solo por mantener cerquita nuestros corazones y aprender de sus ritmos y al calor de sus latidos. Cuánto aprendizaje para cada uno, cuántas veces vernos aturdidos y cómo un abrazo reiniciaba todo.
.
Una de las premisas de estos primeros años era plasmar en fotografías analógicas todos los momentos, (aún no teníamos disponibilidad de dispositivos para las imágenes digitales en la vida cotidiana). Y eso incluía más de siete álbumes fotográficos, muy pesados, de la variedad de experiencias de esos años de convivencia: cumples, vacaciones, actos escolares, campeonatos de fútbol, de gimnasia deportiva y ocurrencias cotidianas. Cada uno llevaba un poco y Fabio, fiel a su estilo, hacía explícita la protesta por lo que pesaba su bolsa, y papá Javi asentía, sin estar muy de acuerdo, en la necesidad de transportar estos testigos de nuestra historia.
.
Así estábamos, medios rotos, descosidos, enredados y, otra vez, con sus rostros asustados. A pesar de haberles explicado y tratado de darles todas las seguridades posibles que no era un momento de modificaciones, nuevamente se sintieron observados, evaluados. Todo, menos lo que era, un ejercicio de su derecho fundamental: una identidad y una familia. Ingresamos al despacho y nos atendió una secretaria muy amable que intentó varios diálogos con los chicos, tratando de tomar palabras para redactar lo que ocurrió en la audiencia. Como era de esperar, Fabiana se ocultó detrás de su flequillo y se arrinconó en el banco sin responder nada, cerca de Javi. Fabio eclipsó la charla contando sus proezas futbolísticas y Caro lo vivió como un juego más. Allí las fotos fueron voz y respuesta, un transportador de historias.
.
Viendo que ya terminaba y no habíamos visto al juez, le pregunté a nuestra abogada por qué no se hacía presente y, luego de insistir, el señor juez apareció de la puerta de al lado, airoso, con la mirada ausente, sin ni siquiera conmoverse con los ojos de nuestros tres amores. Como todo lo que forzamos, no fue un encuentro muy enriquecedor, fue mi intento para que pudiera ver lo difícil que era ese momento para nuestros hijos, con derechos vulnerados durante años, y que fuera parte de esta restitución. Pero su corazón estaba en otra parte, no pudo compartirlo.
.
Bajamos las escaleras liberados del peso de ser observados, interrogados, de la inseguridad que les generaban estos espacios, asegurándoles que ya no los vivirían. Nos sumergimos en la alegría de los ciclos cerrados y la esperanza de poder crecer juntos con los errores y aciertos propios de cualquier familia.
Una infinidad de momentos y personas se avalanzaron sobre mi memoria. Agradecí tantos eslabones que fueron sosteniendo sus vidas antes de conocerlos y tantos otros que abrazaron nuestra historia y dieron calor de hogar en las noches oscuras.
.
Sabíamos que no teníamos todas las etapas registradas en esos álbumes. No fuimos parte de sus primeros recuerdos. Fue un amor cocido a fuego lento, con los aromas de sus historias ya vividas y nuestros relatos de nuevos horizontes. Un amor que surgió antes de conocernos, que partió de las heridas para ir acariciando las cicatrices y, de tanto en tanto, volver para sanarlas. Un amor que nos recuerda al revelado de las fotos analógicas: creer que existen antes de verlas, confiar en el proceso, esperar que aparezcan y, milagrosamente, ir viendo cómo se forma la imagen completa.
.
Compartido  por Elizabeth Bó de Gorosito en nuestro Grupo de Facebook
×