El brote vuelve a ver el sol

En este camino que estamos transitando hay muchas cosas conmovedoras que me han dejado tecleando en el aire.
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Me acuerdo de la divinura que vino a visitar la casa antes de mudarse y le preguntó preocupada a Anne si iban a tener «lopa», porque el armario era enorme, pero estaba vacío.
Lo chiquitos que eran, lo aniñados. Y sin embargo, la ferocidad con la que acometían esa tarea tan difícil de acomodarse a estos dos grandotes que les brindaban todo el amor, pero un amor en pañales, porfiado, que había que forzar en un punto, generarlo con todo el esfuerzo.
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Porque en esos primeros tiempos (y todavía a veces también en estos actuales tiempos) todo era extrañeza, incredulidad.
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Pasar a mirar si seguían durmiendo en su pieza, si estaban en el baño, si jugaban, si estaban pendientes de nosotros, si realmente existían.
Recuerdo el primer baño. Llenar la bañadera, preguntarle cómo le gustaba el agua y sin que me diera cuenta, ese nene estaba completamente en bolas, listo para sumergirse. Y me sacudió, no me había imaginado nunca ese arrebato de decisión desvergonzada.
Y se sumergió en el agua jabonesa, pero se estaba sumergiendo en esta vida de compañías, de complicidades, de contención, de apuros por recuperar el tiempo perdido y de descubrires a granel. Porque seguimos sumergidos en un tobogán de primeras veces. Fáciles y difíciles. Porque pese al empeño, la flaqueza aparece, la paciencia se agota, el amor pareciera disiparse. Pero ahí también está la magia, porque como del árbol seco del invierno, el brote vuelve a ver el sol.
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Agradecemos a Mariano por contar con tanta ternura, estos momentos cotidianos, sencillos pero inolvidables. La calidez del relato compartido en nuestro Grupo de Facebook, nos lleva a todos a poder imaginar e incluso sentir esa calidez. 
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