La máquina de besos

Laura Martincich

En nuestro ser madre y padre el contacto físico con nuestras niñas ha sido de a poquito, cada toque por lo general iba hacia un punto de dolor. Aprendimos a tocarnos, acariciarnos y darnos besos. Algunos abrazos fueron tan lentos, que para nosotros, -padre y madre ansiosos- nos parecían que nunca llegarían, que nos quedábamos vacíos, por supuesto ellas seguían (y aún lo hacen) marcándonos su ritmo, su tiempo, sus heridas, los lugares y las formas para el contacto.

En la espera nos fuimos descubriendo, fuimos nosotros como adultos, mirando también, cuáles eran los puntos de nuestro dolor, qué heridas cuidábamos todavía de aquellos niños que fuimos, volver a mirarlas y ver –a veces con enojo, otras con tristeza- que estaban ahí todavía rojas, latentes… Fue casi animal: volver a lamernos las heridas para sanar primero nosotros y luego sanar con ellas. Descubrimos lo sagrado del cuerpo, todo lo que él guarda, las memorias, la piel que nos pone en alerta, los olores que nos asaltan con recuerdos… la percepción cuando algo no nos gusta, poder poner el límite. Algo que hoy parece tan “natural” como los abrazos y besos se fue construyendo como un caminito de hormigas, había días que parecía que nunca íbamos a poder acceder al abrazo pleno que (según nuestras expectativas)  deseábamos. Sentíamos bajo nuestros brazos alguna incomodidad, miedos, dolores. Fuimos soltando los abrazos, aflojando los brazos y el corazón y “paradójicamente” esa “distancia” nos acercó. Tanto que ahora creamos “la máquina de besos”.

Hoy al terminar el almuerzo Popota escribe en la pizarra “la máquina de besos está funcionando” y nos pide que leamos. Automáticamente con su papá nos agarramos de las manos y ella entra a ese “medio”, a ese “hueco” que queda entre nosotros y empezamos a llenarla de besos… tenemos besos cortitos, algunos babosos, besos con sabor a pomelo, con ruiditos… la máquina regala también cosquillas… Ella cuando ya siente que fue suficiente apaga la máquina. Nosotros abrimos los brazos y la dejamos salir, mientras tanto está “haciendo cola” Chunchuna… ella entra y nos dice besos babosos no! Quiero con ruidos y así viene un chancho y la besa, viene un colibrí y le da otro beso, y una hormiguita camina por su cuerpo… hasta que otra vez apaga la máquina. Nosotros bajamos los brazos y ahora ese espacio entre nosotros está tibio, repleto, pleno… Que paradójico -o no- que ese vacío ahora, pueda sentirse tan manso y feliz.

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