El deseo de adoptar bajo la lupa social

Cuando una persona o una pareja toma la decisión de construir su familia por la vía de la adopción y lo comunica a su entorno, suele encontrarse con una barrera invisible pero sumamente presente: la opinión pública. Frases como “¿Y no podés alquilar un vientre?”, “¿Quién de los dos tiene problemas?” o “¿Para qué adoptan si ya tienen hijos propios?” son moneda corriente en las historias que comparten a diario los integrantes de nuestra comunidad.

Estas expresiones, lejos de ser comentarios aislados, dejan al descubierto una serie de mitos y prejuicios profundamente arraigados en el imaginario social que tienden a patologizar o subestimar los recorridos adoptivos.

La trampa de la adopción como «Plan B»

Prevalece en la sociedad una mirada fuertemente biologicista que ubica a la adopción en el lugar del «consuelo» o la «última opción» ante la imposibilidad reproductiva. Se asume, de forma errónea, que el camino adoptivo solo se inicia cuando la medicina o la biología han «fallado».

La adopción no es un premio consuelo ni una alternativa secundaria. El deseo de ser papá o mamá, de brindar cuidado y de ahijar no requiere de justificaciones médicas ni biológicas; se ejerce. Categorizar la adopción desde la falta o la resignación invisibiliza el motor de este proceso: la decisión de alojar a un niño, niña o adolescente como hijo, construyendo una filiación real basada en el amor sano y la responsabilidad.

El mito de la «generosidad» y la idealización del lazo

Otro sesgo muy frecuente se manifiesta a través de frases benévolas pero igualmente dañinas, como “Es que ustedes son muy generosos” o los temores ante “lo complicados que son los chicos”.

  • La paternidad/maternidad no es solidaridad: Ningún hijo debería cargar con la mochila de la «deuda de gratitud» hacia sus padres, mucho menos en los vínculos adoptivos. La adopción es un acto jurídico y humano de restitución de derechos: el derecho inalienable de un niño a tener una familia, que solo desde ese punto de partida se conjuga con el deseo de los adultos a ser padres.

  • La construcción del vínculo: Suponer que las infancias que han transitado por situaciones de vulneración o institucionalización son «complicadas» de forma irreversible es un sesgo que desestima la resiliencia infantil y la plasticidad vincular. Como señalan los aportes de las teorías del apego, la reparación de las heridas tempranas es absolutamente posible cuando existe un entorno de adultos disponibles con capacidades de alojamiento emocional y base segura.

Hacia una sociedad corresponsable

Poder deconstruir estas opiniones inesperadas y mitos es una tarea colectiva que involucra tanto a las familias inscriptas como a los profesionales de los Equipos Técnicos Interdisciplinarios y a la comunidad en general.

Reconocer que la disponibilidad adoptiva se construye desde el deseo genuino —y no desde la compensación de una pérdida— es el primer paso para acompañar a las nuevas familias con el respeto, la dignidad y la empatía que sus proyectos merecen.

El origen del prejuicio: ¿De dónde vienen estos mitos?

Para entender por qué el entorno reacciona con estas «opiniones inesperadas», es necesario levantar la alfombra social y mirar las bases sobre las que se construyó históricamente el concepto de familia. Estos comentarios no nacen del vacío; responden a tres matrices culturales muy arraigadas:

  • El imperativo de la sangre (Biologicismo histórico): Durante siglos, la identidad, el apellido y la herencia estuvieron atados exclusivamente al lazo de consanguineidad. Esta herencia cultural genera el sesgo de que el hijo biológico es el «verdadero» o el «ideal», dejando a la adopción en el imaginario social como un mecanismo sustitutivo o reparador de una pérdida, en lugar de reconocerla como una forma autónoma y plena de filiación. Antes de 2015, la ley anterior a la vigente exigía certificados de infertilidad para la inscripción.

  • La antigua Ley de Adopción y la cultura del secreto: En Argentina, los primeros marcos regulatorios de la adopción (e incluso las prácticas sociales previas a la ley de 1948) estaban teñidos de secretismo y de una mirada caritativa o de «salvación». Se adoptaba para «tapar» la infertilidad o para «darle un techo» a un niño en situación de abandono, invisibilizando su historia previa. Aunque el Código Civil y Comercial actual pone el eje en el interés superior del niño y el respeto por su realidad, el inconsciente colectivo arrastra todavía esa vieja mirada de la adopción como un «favor» o una «obra de bien».

  • La romantización de la maternidad y paternidad: Existe el mito de que los vínculos afectivos sanos y el «instinto» brotan de manera automática por el solo hecho de compartir el ADN. De ahí surge el temor social expresado en frases como “¿Cómo vas a hacer con lo complicados que son?”. Se asume erróneamente que la crianza biológica viene con garantías, mientras que la adoptiva está expuesta a «fallas», ignorando que todo vínculo humano —sea del origen que sea— se construye, se trabaja y se sostiene en el día a día.