¿Dificultades con un nene de tres años?

Los niños _por pequeños que sean_ llegan a la familia a desarmar muchas idealizaciones de los adultos, a derribar prejuicios y a redimensionar los desafíos imaginados sobre la paternidad.
Mucho más, cuando se trata de construir el lazo familiar a través de la adopción.
Las historias previas, las expectativas de los niños y de los adultos colapsan en un torbellino de emociones desde el momento de encuentro.
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Relato compartido en nuestro Grupo de Facebook


Estamos por cumplir cuatro meses de guarda, y quería contarles -o quizás también a modo de desahogo- que mi hijo de tres, está pasando una adaptación muy complicada, no acepta reglas, ni límites. Llora y grita todo el día, sobre todo si a algo le decís que no..

El tema pañales se está complicando más de la cuenta por que simplemente no quiere dejarlos. Entiendo que necesita más tiempo de maduración para hacerlo, más allá de que sabe perfectamente qué hacer y cuando hacerlo prefiere estar mojado o sucio todo el día.
Rompe todos sus chiches e incluso cosas de la casa, a tal punto de encontrarlo con la tele a upa enchufada a punto de tirarla al piso.
Ustedes dirán ¿un nene de tres años? Si si, es que él no tiene ni el cuerpo ni la mente de un nene de tres años; es súper inteligente y despierto. Habla y entiende perfectamente, aunque me diga que no entiende cuando lo reto.
A veces se me caen las lagrimas por la forma en la que se porta y me enfrenta como un adulto, incluso hasta riéndose de mí y la paciencia se me agota día a día.
Sabía que la adaptación en algunos casos es muy compleja, pero no me imaginé que tannn compleja con un nene pequeño.
Hemos hablado muchas veces sobre si quiere estar en casa con mamá a lo que responde que no, y al rato viene corriendo a decirme que me ama y darme besos.
Parece que pide a gritos los límites pero después no los acepta.
Tengo la esperanza que cuando empiece el jardín en marzo se calme un poco.
¿Alguien que haya tenido la misma experiencia con sus hijos? Algún consejo que puedan darme que no sea la terapia, por que eso ya está contemplado. Gracias
Lorena

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Pedir, no aceptar, calmarse, gritar, esperanzarse, hablar, rechazar, abrazar, reir, llorar, sentirse sin fuerzas, recuperar la risa…
Estas situaciones acompañan los procesos de construcción del vínculo y se dan en diferentes momentos de la vida familiar, siendo mucho más frecuentes en los primeros tiempos de convivencia.
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Esta inquietud planteada en el grupo tuvo la respuesta de muchas personas que vivieron situaciones similares. En los comentarios se consideraron aspectos no solo de los niños  sino también de los adultos.
Más allá de las edades de los niños hay que tener en cuenta lo que vivieron en esos años, la calidad y cantidad de recursos simbólicos que tienen para procesar y encausar eso vivido. Es necesario pensar cuánto los compromete el pasaje de una a otra  familia  y que en poco tiempo tienen delante un mundo totalmente desconocido, un amplio abanico de situaciones nuevas (que quizás para los adultos son difíciles de dimensionar) y que les implican una gran  exigencia de aprendizaje.
En el intercambio se planteó que una posibilidad es que los niños requieran más tiempo para adquirir logros de la edad que transitan (como por ejemplo dejar los pañales) y que puede haber retrocesos en las competencias que ya habían adquirido al llegar a la familia nueva.  También se destacó el valor de la actividad lúdica para ayudarlos.
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Por otro lado, muchos adultos en diferentes momentos, vivieron situaciones similares: de impotencia, de mucha tristeza y frustración. Y muchos coincidieron en que aceptar estos afectos permite enfrentarlos y superarlos. No solo con acompañamiento psicológico sino también tratando de buscar espacios y actividades propias, por ejemplo charlas con amigos, que permitan descansar y recuperar energías para el vínculo familiar.
Planteaban que sostener límites con flexibilidad, con gradualidad, paciencia, con amor, con palabras, los han ayudado a sortear dificultades. También el hecho de recordar que los niños, sin saberlo, pueden poner a prueba la solidez y estabilidad familiar, especialmente porque se requiere establecer un vínculo de confianza en los adultos.
Se resaltó que los padres, en las etapas iniciales, no tienen meramente la función de educar porque también se encuentran conociéndose con los niños. Que son los adultos quienes deben adaptarse a las condiciones del niño. Pueden fortalecer ese vínculo a través del juego, tratandose de niños tan chiquitos jugar en el piso, a su altura, mirada con mirada y poniendole el cuerpo al juego.
Se destacó que en algunas oportunidades los abrazos calman mucho más que los retos.
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Conoci a mi hijo cuando tenia dos años y medio. Sus actitudes eran similares, la primera semana partió un smart tv. Sus enojos eran temibles; no solo rompia, sino que se autolastimaba. En esos momentos probé de todo.
Lo mejor fue contenerlo con abrazo, se retorcía, enojaba, me golpeaba; hasta que podía sacar el llanto (tan profundamente) y se iba clamando. Y decirle que haga lo que haga y pase lo que pase yo iba a seguir con él y seguir amándolo.
Ahora tiene 7 años y a veces viene a pedir «abrazo para calmarme»
Nora

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Interesantísimo todo lo que se comentó. Destaco algo que siempre decimos: primero terapia nosotros para «encontrarnos» en este nuevo rol; no creer que el que necesita terapia es el niño, tenga la edad que tenga. Luego de que nosotros hayamos hecho ese trabajito, ver por dónde se sigue. Obviamente que hablo desde las generalidades, no de casos puntuales que quizás llegan a casa con un recorrido terapéutico ya hecho. Y algo que me llamó la atención en varios comentarios es hacer referencia a diálogos con niños de 3 o 4 años como si fueran adultos. Hay conceptos de tiempo y espacio que todavía no manejan; por lo que hay cuestiones que explicadas desde un lenguaje y con conceptos adultos me parece que no calma, no repara.
Laura Salvador

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