La inevitabilidad de la crisis en los procesos de adopción y la construcción del vínculo filial
El siguiente artículo, desarrollado por el equipo de Ser Familia por Adopción (SFxA), amplía y profundiza los ejes conceptuales abordados en el fragmento audiovisual superior. El video corresponde a la conferencia brindada por el Lic. Gonzalo Valdés en el año 2025, en una actividad organizada por nuestra organización.
En el ámbito de la adopción, existe un sesgo frecuente que asocia la aparición de crisis familiares con un «fracaso» en el proceso de integración o con una incompatibilidad insalvable entre la familia y el niño, niña o adolescente. Sin embargo, desde una perspectiva clínico-vincular, la crisis no debe entenderse como una anomalía a evitar, sino como una dimensión constitutiva y necesaria en la transición hacia la filiación.
Intentar evadir los momentos de tensión en la adopción es un desafío estéril. La crisis es, en esencia, la manifestación de un encuentro genuino entre singularidades; un sacudimiento o «zarandeo» sistémico que suele presentarse con mayor intensidad que en las familias biológicas debido a la confluencia de realidades marcadamente diversas:
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Asimetría de historias: Se encuentran trayectorias vitales preexistentes, donde los adultos y los niños provienen de culturas familiares, dinámicas afectivas y entornos de origen completamente diferentes.
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Puntos de partida disímiles: No existe un desarrollo evolutivo acompañado desde el nacimiento; el lazo debe construirse activamente desde el momento del encuentro, resignificando las costumbres, hábitos y visiones de mundo de cada integrante.
Lejos de patologizar estos episodios, los equipos profesionales y las comunidades de acompañamiento debemos dotar a las familias de herramientas operativas para atravesar, habitar y significar la crisis. No se trata de intervenir para restablecer una armonía ficticia, sino de ofrecer soportes institucionales y terapéuticos que sirvan de anclaje frente al zarandeo inevitable del proceso adoptivo. La solidez de un vínculo no se mide por la ausencia de conflictos, sino por la capacidad del sistema familiar para metabolizarlos y transformarlos en estructura vincular.

