Cicatrices
Claudia E. Portillo
¡Lo único que falta es que se corte la luz! dijo Rosalía …y tras escuchar un relámpago, explotó el motor y se cortó..

José nació el 3 de abril, en medio de la renegrida soledad de la montaña con apenas algunas estrellas salpicando el firmamento. Casi no lloró, salió con un pujo cruento y peliagudo. Mientras dos de las mujeres sostenían a la parturienta, Rosalía recibió ese cuerpito tibio y viscoso y con cuidado lo tomó por el cuello y por las piernas para acercarlo a tientas a su mamá. “Se llama José”, dijo la madre y ya no volvió a emitir sonido.
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Tardaron dos días en llegar a Chiyayoc para llevarse el cuerpo. La médica y el oficial de policía que subieron hasta el caserío se ocuparon de registrar el deceso y determinar la causa de su muerte, pero se negaron a anotar el nacimiento y José quedó así, con sólo un nombre que no estaba escrito en ningún lado, como si solo existiera ahí, en ese lugar perdido.
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Creció cuidado por su abuela y compartiendo cama con sus primos que, a diferencia de él, tenían mamás y, al regreso de la cosecha, algunos, también papá. Su mundo era ese: tonos marrones y verdes, un cielo inmenso, tres casas agolpadas hechas de barro y alzadas en medio de una montaña que por las tardes se mezclaba con las nubes; un motor para dar luz que andaba cuando quería, algunos perros sin nombre y ese olor a cabras mezclado con el humito de un fogón donde se respiraba sopa con algo de charqui.
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Cuando dejó Chiyayoc y bajó al pueblo, lo hizo sin su abuela y sin sus primos. Estaban ahí el mismo oficial de policía y la médica de aquella tarde de abril en que murió su madre, pero esta vez no habían subido al caserío por ningún muerto sino para constatar los dichos del maestro de la escuela albergue, donde el mayor de los primos de José cursaba el séptimo grado. “Denuncia de institución escolar. Suceso relatado por alumno de séptimo grado. Constatación de accidente de niño NN: Falta de vacunas y controles médicos, herida de 10 centímetros sin sutura, causada por caída en la montaña.”, decía el parte policial y no hubo explicación que pudiera hacerle frente. El policía y la doctora bajaron al pueblo con José y horas después lo dejaron con dos o tres ropitas y un oso de peluche andrajoso a disposición del juez. Primero lo revisaron, después le sacaron unas fotos donde se lo veía cachetón, con sus mejillas rojas y rasgadas por el sol y por el frío de la montaña. Lo bañaron y le cortaron el pelo largo y renegrido que tenía intacto desde el día en que nació. Luego de atenderlo en el hospital, lo llevaron a una casa grande, enorme, con colores en las paredes que José desconocía y ahí se quedó con otros nenes que no eran sus primos, entre esas paredes, mirando todo el tiempo una caja enorme, repleta de imágenes y sonidos a la que llamaban televisión que lo fascinó de inmediato, dejándolo casi sin habla.
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La adopción fue rápida, no más de un año. Para ese entonces la pierna estaba sana. “Huérfano, trato negligente y lesiones físicas, indocumentado, ocultamiento del nacimiento”, decía el expediente, “se recomienda interconsulta con neurólogo ante persistencia de mirada perdida centrada en el televisor” y así, con casi 4 años, José estreno apellidos y se fue de Salta cargando el oso de peluche andrajoso, junto a dos personas a las que, con el tiempo, llamó mamá y papá.
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José Pérez Alonso creció en Buenos Aires, cuidado y querido, en colegio bilingüe, con clases de arte para alejarlo del televisor y haciendo varios deportes que lo ayudaban a fortalecer esa pierna en la que todavía hoy puede palparse una cicatriz zigzagueante y rugosa que no sabe cómo se hizo pero que, con solo tocarla, le anuda la garganta y le humedece la mirada.
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José Pérez Alonso hoy se recibió de abogado, su papá y su mamá se enorgullecen y él los mira con amor sabiendo que son su familia y lo adoran. Como regalo de egresado no quiere un auto, ni un viaje a Europa, quiere uno a Salta. Un viaje al norte, con mochila y con carpa, donde pueda caminar en la montaña, donde se le pongan las mejillas rojas y se le rasguen del frío mientras busca un paraje aislado, con tres casas de barro, del que no conoce el nombre pero sabe que huele a cabras y a sopa con charqui.
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